Sobrevolando (relato semana del sábado 20 de agosto al viernes 26 de agosto)

Reto: una historia que contenga estas tres palabras: CHICO-ABROCHAR-LADRIDO.

SOBREVOLANDO





—Abrochése el cinturón, caballero. —Él abrió los ojos y vio a la azafata tocándole en el hombro. Se había quedado profundamente dormido en el lapso de unos minutos. Su compañero de la izquierda le ayudó a hacer lo que le indicaban y volvió a recostarse.

—Debe estar muy cansado —comentó la señora que viajaba sentada a su derecha, junto a la ventanilla—. Llevan un rato insistiéndole.

Él volvió a abrir los ojos y la observó. Sabía que, últimamente, sus miradas solían poner nerviosa a la gente y en esta ocasión no quedó decepcionado. La metomentodo volvió la cabeza hacia la ventanilla y cesó su parloteo.

Lo malo era que se le había esfumado el sueño y, aunque parpadeó varias veces, no logró volver a convocarlo. Hacía meses que no descansaba una noche seguida, desde lo del chico. Pese a que le explicaran lo normal del fenómeno, la cuestión era que ya no había vuelto a lograrlo. Si no dormía, no hacía borrado de memoria. Y si no olvidaba, no superaría jamás la muerte de su hijo.

Fue en el mes de agosto, en el apogeo del verano. Nico tenía tres años recién cumplidos. Habían preparado una fiesta con el resto de niños de la urbanización: globos, un payaso, piscina hinchable… De repente, el perro de ellos les volvió locos con sus ladridos y, sin previo aviso, atacó al pequeño. Le mordió la cabeza y costó la fuerza de dos adultos abrirle la mandíbula para sacar al pobre niño. Falleció dos días después a causa de las heridas. Dijeron que el perro se había puesto celoso a causa de la atención que ese día en especial había generado otro miembro de la familia.

Él no lo dudó en aquellos momentos. Fue a por la pistola que guardaba en el altillo del armario y, delante de todos los invitados, sacrificó a su mascota. Alguien —nunca supo quién— le denunció.

A su izquierda, contempla al policía que le custodia en su traslado a la cárcel, y que echa una cabezadita, confiado en las esposas que él lleva. Quizá, si consiguiera recordar la risa de su hijo, todo sería diferente; daría igual dormir en su casa vacía o en la prisión. Porque ya lo dijo el poeta:

Tu risa me hace libre
me pone alas.
Soledades me quita
cárcel me arranca.


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