Iluminación


Fue un día de finales de enero cuando ella abrió el sobre y leyó su contenido, concibiendo aquella idea. Abrió la puerta y salió, decidida a no darle al remitente la satisfacción de su conformismo. Volvió con una caja de velas y una palmatoria, y arrojó satisfecha a la basura la factura de la luz.

Cuando el otoño se aleja

 

Septiembre llegó y pasó.
Octubre llegó y pasó.
Noviembre llegó y pasó.
Cuando le tocó el turno a Diciembre decidió aceptarle, aunque la dejara fría.

Hablando con el corazón



El hombre que hablaba con el corazón en la mano volvió a su casa otra noche más, decepcionado. Su víscera palpitante y sanguinolenta, que desde el cuenco de su mano refrendaba la sinceridad de sus palabras, había vuelto a ahuyentar a la mujer a la que se acercó. Que no le volviesen a decir que ellas quieren una relación sincera… ¿acaso se le podía pedir más?

Errantes



La huida comenzó de madrugada. Nos despertó el sonido de los muebles siendo arrumbados contra la pared, el estallido cristalino de la vajilla, las pisadas por las escaleras. La calle empezaba a saturarse de olor a gasoil y niebla de carburadores. No se oían sus voces, sólo un “chist” apagado cuando alguno de los niños hacía amago de protestar. Hacia mediodía la ciudad estaba absolutamente desierta. Fue entonces cuando llegaron los camiones y se bajaron los hombres protegidos con máscara de gas. Se desató la pesadilla cuando liberaron el contenido de las cisternas. Quisimos huir, pero acabaron con casi todas nosotras. Es nuestra condena: nunca nos dejarán volver a Hamelin.

El anuncio


El anuncio comenzó a aparecer los martes, curiosa coincidencia. Porque los martes era su día preferido de la semana para leer la prensa en la pausa del desayuno. Los lunes estaba demasiado deprimido, pero al día siguiente parecía haberse acostumbrado de nuevo a la rutina del trabajo. En ese estado de ánimo se fijó en el anuncio que se publicaba siempre en la página 12 (el doce de enero era su cumpleaños), diciendo “Salustiano, llámame”, seguido de un número de teléfono con prefijo de Albacete. ¿Cuántos Salustianos conocerían a alguien de Albacete? ¿Cuántos leerían aquel periódico de marcada tendencia política y se fijarían en el número de página en el que figuraba?

Un día, por fin, se decidió a llamar. Al otro lado de la línea, respondió una voz de mujer joven. Cuando se presentó como Salustiano, ella le preguntó si tenía alguna marca de nacimiento. Él, intrigado, le habló de una mancha con forma de estrella en el hombro. Hubo un silencio por parte de la mujer. “Es muy posible que seas mi padre”, dijo al fin. Él colgó sin dudar un instante. El corazón aún le latía aceleradamente.

Menos mal que no se llamaba Salustiano.

El pequeño teatro del mundo


El viejo encendió el televisor con el sonido a todo volumen y abrió la ventana. Iba vestido sólo con una camiseta interior sin mangas, bastante sudada, y unos pantalones. Llevaba rasurada la cabeza pero, en contraste, la barba blanquigris le cubría la boca por completo. Se asomó al exterior, acodándose en el poyete de la ventana mientras echaba unas caladas con parsimonia. Hizo un par de comentarios obscenos a unas adolescentes que iban por la calle y que le respondieron con insultos. Él se rio y dos vecinas se asomaron un instante para mirarle. El viejo giró la cabeza hacia el interior e increpó a voces a su mujer, pidiendo que bajara el volumen de la tele. Las vecinas volvieron a meterse dentro de sus casas. Cuando terminó de fumar el cigarrillo, el viejo las imitó, cerró la ventana y apagó la televisión.

El final de la canción

¿Cómo empezaba la melodía? SI-DO-DO, LA-SOL-SI… No espera, así no es. SI-DO-DO, RE-SI-SI-SI... Tú vete tapando con los dedos los agujeros de la flauta, y sopla, que así compruebo que vamos bien.
[…]
SI-DO-DO, LA-SOL-SI ¿Cómo que ya lo he dicho? No intentes liarme, Guillermo. ¿Cómo? ¿Andrés? ¿Mi nieto y no mi hijo?
[…]
Oye niño, ¿no tenías otro banco para sentarte, que vienes a darme la monserga con tu flauta? ¡Vete a molestar a tu abuelo!
[…]
Andrés, ¿dónde vas? ¿Cuántas veces te he dicho que no te alejes de mi lado? A ver, la canción, vamos a practicarla…

Puntos de vista


Mi hermanito tiene un ojo de cada color. El derecho es azul, y mi madre dice que, cuando miras la pupila puedes ver un cielo lleno de puntos de luz. El izquierdo es marrón dorado, y mi padre dice que brilla como si fuera arena bajo el sol.
Los compañeros de su clase de parvulitos no se molestan en mirarle al fondo de los ojos, y le llaman “raro”, “alien” y cosas peores. Por eso mi hermanito comenzó a guiñar un ojo cada vez que hablaba con alguien, para que no se fijase en sus pupilas dispares.
Esta noche, antes de subirme a la litera que compartimos, mi hermano pequeño me ha preguntado cuál es mi color preferido de ojos. Y yo le he respondido, apoyando mi bastón blanco contra la mesita de noche, que cualquiera que pudiese ver.

Dos caras de una moneda


Hoy, por primera vez en dos años, no he visto al hombre de las monedas. Así bauticé al molesto individuo que tenía el hábito de pasearse por la amplia avenida, con la mirada baja, ajeno a su alrededor. Cada diez minutos se agachaba y extendía una mano hacia el suelo, con un gesto que pretendía recoger una moneda inexistente.
Hoy, al no verle en la avenida, he sentido un extraño pinchazo de nostalgia. Y sí, lo reconozco: he lamentado la moneda que dejé caer ayer.

Zodíaco vital


Ella es Cáncer; yo, Capricornio. Demasiadas coincidencias con nuestro pasado. Ella nació en el año de la serpiente; yo, en el de la rata. Ninguno de esos signos nos inspiraba algo positivo. Decidimos que hoy sería el día cero del año cero de nuestro amor, y que las estrellas sólo serían meros testigos.

Instinto de supervivencia


El gato estaba tumbado en el alféizar de la ventana, dejando que el sol entibiara su cuerpo atigrado. Tenía los ojos entrecerrados y, de vez en cuando, abría del todo uno de ellos para mirar abajo, hacia la calle. Respiraba con una especie de ronroneo asmático. Un par de moscas le zumbaban cerca de la oreja, pero él no hacía ademán de espantarlas. No muy lejos, una gata en celo maullaba su necesidad.
Él estaba sumido en sus recuerdos: los tejados que había escalado, la búsqueda de alimento en los cubos de basura, los roedores que había perseguido. La calle le traía buenos recuerdos. También hubo algunas peleas, pero su agilidad le había conservado sus siete vidas. Ahora, las cosas habían cambiado. El simple hecho de escalar hasta el alféizar le había supuesto un gran desgaste.
Su ojo abierto divisó a quien esperaba, entrando en ese momento en el portal del edificio. Minutos después, una anciana abría la ventana donde estaba apoyado el gato, diciendo con voz mimosa:
-¿Pero qué tenemos aquí? Minino bonito, ven conmigo…
El gato dejó que le cogiese en brazos y le introdujese en el cálido refugio de su nuevo hogar.