Todo comenzó en la feria


La mujer que atraía como un imán y el hombre que iba con el corazón en la mano se conocieron una cálida noche de septiembre en la Feria de Albacete, después del espectáculo pirotécnico de la inauguración. Él la invitó a un viaje en la noria multicolor y ella le besó después de la primera vuelta. Durante los tres primeros días todo fue bien. A ella le fascinaban los latidos apresurados del corazón que él sostenía en su mano derecha, y él se sentía orgulloso de las miradas masculinas (y algunas femeninas) que perseguían a su acompañante. 

El día que se acercaron al teatro de títeres él empezó a sospechar que su amor estaba siendo manipulado al ver cómo ella guiñaba un ojo al vendedor. Ella, por su parte, se sintió defraudada porque él no dejó a un lado su corazón para bailar un pasodoble.

El penúltimo día él se empeñó en ir a la feria taurina y ella se reservó para el espectáculo de comedia de las ocho de la tarde. Cuando se reencontraron, hicieron un pacto: él se desharía de la víscera que sostenía en la mano y ella se vestiría con un mono aislante magnético. 

El último día de la feria intentaron ser felices juntos, pero él no recordaba haber amado antes a esa mujer y ella se encontró demasiado atraída por sí misma para prestarle atención. 

Decidieron volver a darse otra oportunidad. Quizás, al año siguiente.

Noche


Déjame coger tu mano, vamos. No tengas miedo. Las pesadillas asustan, pero no dejan de ser invenciones forjadas por tu mente. Pero mi mano, ésa que sale de debajo de la cama presta a agarrar la tuya, es de verdad.

Esos cielos


La estrella nació negra y por eso la expulsaron del firmamento. Cayó a la tierra y se rompió en mil pedazos, que tiñeron todo lo que entró en contacto con ellos. Sí, mi vida, nosotros tenemos piel de estrella.

Amor de geriátrico

 
Es cierto, tengo algunos achaques propios de la edad. He tenido dos ataques de gota este mes. La semana pasada casi me ahogo entre toses. Y la diabetes que padezco me da una sed terrible. Pero si está dudando entre mi proposición y la de Joaquín, el de la 26, se lo advierto: él ronca.

La chica que soplaba dientes de león



Verano, cielo, azul, calor, gavillas, heno, promesa, piel, dientes de león, pelusa que la brisa se lleva junto con las palabras de amor.

En el país de mis sueños

En el país de mis sueños,
las jóvenes como tú
regalan besos de espino.
Y tiñen vestidos de novia
con los corazones partidos.

En el país de mis sueños,
serías la reina que quiso
danzar con el carbonero,
y encerró al rey en la torre
después de tiznarlo entero.

En el país de mis sueños,
no hay caballeros felices,
ni princesas inocentes,
no se jura amor eterno,
no se ama hasta la muerte.

Y me gusta soñarlo así,
porque en ese lugar no existes
y puedo, infeliz y reo,
odiar a todas las mujeres,
olvidar cuánto te quiero.

Lo supe

Supe que me mentías: tus ojos.
Supe que me engañabas: tus manos.
Supe que había otra: tus labios.
Pero tu corazón supo latir al compás del mío, 
cada vez más despacio, 
cuando ambos bebimos el destino
[siempre juntos]
que preparé para ambos.

Crédulos



La vida se asomaba bajo sus pestañas postizas. Él creyó en esa promesa muda. Juntos descubrieron que se puede vivir felizmente engañados: sólo tuvieron que amordazar a la verdad y meterla en un cajón, debajo del talonario.

Tres es multitud


Siempre fuimos tres: Esther, tú y yo. Todo el mundo lo supo, ya desde el día de nuestra boda. Cuando me pusiste el anillo en el dedo, me miraron a mí, la novia, sí, pero también a Esther. Al alumbrar a nuestros hijos, ella también recibió las felicitaciones, como si hubiese sufrido los dolores del paritorio. Con el tiempo, consiguió hasta una habitación en nuestro piso. Todo lo he tolerado por nuestro matrimonio.

Pero hasta tu madre está de acuerdo conmigo en esto: o te deshaces de esa cacatúa que pomposamente bautizaste con nombre de mujer o le corto las cuerdas vocales. Yo estaré gorda, pero al menos no tengo unas antiestéticas plumas rojas y verdes.

En frío

El hombre terminó de lavar los platos. Se secó las manos en el mandil, lo desanudó y lo dejó caer en la silla. Abrió la nevera y sacó una lata de cerveza. Se dirigió a la salita, donde se apoltronó en el sofá, frente a la tele apagada. Contempló el monitor negro durante unos minutos con la bebida congelada en la mano. Dejó la lata sobre la mesa y buscó el móvil en el bolsillo de su pantalón. Ninguna llamada perdida de ella, ningún mensaje de disculpa por no haber acudido a la cita. Eso había sido hace tres días, pero sólo hoy se había atrevido a tirar la comida a la basura, recoger la mesa y lavar la vajilla. Con los dedos todavía fríos buscó su número y le escribió un mensaje: "Me cansé de esperarte". Luego, encendió la televisión.

Manchas de carmín


Fue un día difícil para Tesa. Los pésames, las marcas de carmín en la mejilla con olor a colonia barata, la diadema que le apretaba la cabeza como si fuese de hierro y el cuello del vestido, tan almidonado que le costaba tragar saliva. Lo peor, sin embargo, fue la ausencia de lágrimas. Su madre le pegó cuando volvieron del funeral por lo que ella llamaba una "insensibilidad" cruel ante la muerte del padre. Pero la paliza no consiguió humedecer sus ojos.

Cuando su madre se fue esa tarde al trabajo, entró en al dormitorio conyugal, abrió el cajón, cogió la cajetilla de tabaco y salió a la calle. Su vecina Ester, de trece años como ella, fumaba dando paseos por la carretera. Aquel día se había pintado los labios de rojo. Tesa avanzó hasta llegar a su altura y le pidió fuego. Luego se quedaron juntas lanzando caladas.

No quiso subir al coche que se detuvo frente a ambas. El conductor era pelirrojo y le recordaba a ya-sabes-quién, le dijo a su vecina. Ester le sonrió con una mueca antes de cerrar la portezuela. Al ver el coche alejándose calle abajo, Tesa sintió un dolor conocido en el pecho y, por fin, dejó escapar el llanto.

Iluminación


Fue un día de finales de enero cuando ella abrió el sobre y leyó su contenido, concibiendo aquella idea. Abrió la puerta y salió, decidida a no darle al remitente la satisfacción de su conformismo. Volvió con una caja de velas y una palmatoria, y arrojó satisfecha a la basura la factura de la luz.

Cuando el otoño se aleja

 

Septiembre llegó y pasó.
Octubre llegó y pasó.
Noviembre llegó y pasó.
Cuando le tocó el turno a Diciembre decidió aceptarle, aunque la dejara fría.

Hablando con el corazón



El hombre que hablaba con el corazón en la mano volvió a su casa otra noche más, decepcionado. Su víscera palpitante y sanguinolenta, que desde el cuenco de su mano refrendaba la sinceridad de sus palabras, había vuelto a ahuyentar a la mujer a la que se acercó. Que no le volviesen a decir que ellas quieren una relación sincera… ¿acaso se le podía pedir más?

Errantes



La huida comenzó de madrugada. Nos despertó el sonido de los muebles siendo arrumbados contra la pared, el estallido cristalino de la vajilla, las pisadas por las escaleras. La calle empezaba a saturarse de olor a gasoil y niebla de carburadores. No se oían sus voces, sólo un “chist” apagado cuando alguno de los niños hacía amago de protestar. Hacia mediodía la ciudad estaba absolutamente desierta. Fue entonces cuando llegaron los camiones y se bajaron los hombres protegidos con máscara de gas. Se desató la pesadilla cuando liberaron el contenido de las cisternas. Quisimos huir, pero acabaron con casi todas nosotras. Es nuestra condena: nunca nos dejarán volver a Hamelin.

El anuncio


El anuncio comenzó a aparecer los martes, curiosa coincidencia. Porque los martes era su día preferido de la semana para leer la prensa en la pausa del desayuno. Los lunes estaba demasiado deprimido, pero al día siguiente parecía haberse acostumbrado de nuevo a la rutina del trabajo. En ese estado de ánimo se fijó en el anuncio que se publicaba siempre en la página 12 (el doce de enero era su cumpleaños), diciendo “Salustiano, llámame”, seguido de un número de teléfono con prefijo de Albacete. ¿Cuántos Salustianos conocerían a alguien de Albacete? ¿Cuántos leerían aquel periódico de marcada tendencia política y se fijarían en el número de página en el que figuraba?

Un día, por fin, se decidió a llamar. Al otro lado de la línea, respondió una voz de mujer joven. Cuando se presentó como Salustiano, ella le preguntó si tenía alguna marca de nacimiento. Él, intrigado, le habló de una mancha con forma de estrella en el hombro. Hubo un silencio por parte de la mujer. “Es muy posible que seas mi padre”, dijo al fin. Él colgó sin dudar un instante. El corazón aún le latía aceleradamente.

Menos mal que no se llamaba Salustiano.

El pequeño teatro del mundo


El viejo encendió el televisor con el sonido a todo volumen y abrió la ventana. Iba vestido sólo con una camiseta interior sin mangas, bastante sudada, y unos pantalones. Llevaba rasurada la cabeza pero, en contraste, la barba blanquigris le cubría la boca por completo. Se asomó al exterior, acodándose en el poyete de la ventana mientras echaba unas caladas con parsimonia. Hizo un par de comentarios obscenos a unas adolescentes que iban por la calle y que le respondieron con insultos. Él se rio y dos vecinas se asomaron un instante para mirarle. El viejo giró la cabeza hacia el interior e increpó a voces a su mujer, pidiendo que bajara el volumen de la tele. Las vecinas volvieron a meterse dentro de sus casas. Cuando terminó de fumar el cigarrillo, el viejo las imitó, cerró la ventana y apagó la televisión.

El final de la canción

¿Cómo empezaba la melodía? SI-DO-DO, LA-SOL-SI… No espera, así no es. SI-DO-DO, RE-SI-SI-SI... Tú vete tapando con los dedos los agujeros de la flauta, y sopla, que así compruebo que vamos bien.
[…]
SI-DO-DO, LA-SOL-SI ¿Cómo que ya lo he dicho? No intentes liarme, Guillermo. ¿Cómo? ¿Andrés? ¿Mi nieto y no mi hijo?
[…]
Oye niño, ¿no tenías otro banco para sentarte, que vienes a darme la monserga con tu flauta? ¡Vete a molestar a tu abuelo!
[…]
Andrés, ¿dónde vas? ¿Cuántas veces te he dicho que no te alejes de mi lado? A ver, la canción, vamos a practicarla…

Puntos de vista


Mi hermanito tiene un ojo de cada color. El derecho es azul, y mi madre dice que, cuando miras la pupila puedes ver un cielo lleno de puntos de luz. El izquierdo es marrón dorado, y mi padre dice que brilla como si fuera arena bajo el sol.
Los compañeros de su clase de parvulitos no se molestan en mirarle al fondo de los ojos, y le llaman “raro”, “alien” y cosas peores. Por eso mi hermanito comenzó a guiñar un ojo cada vez que hablaba con alguien, para que no se fijase en sus pupilas dispares.
Esta noche, antes de subirme a la litera que compartimos, mi hermano pequeño me ha preguntado cuál es mi color preferido de ojos. Y yo le he respondido, apoyando mi bastón blanco contra la mesita de noche, que cualquiera que pudiese ver.

Dos caras de una moneda


Hoy, por primera vez en dos años, no he visto al hombre de las monedas. Así bauticé al molesto individuo que tenía el hábito de pasearse por la amplia avenida, con la mirada baja, ajeno a su alrededor. Cada diez minutos se agachaba y extendía una mano hacia el suelo, con un gesto que pretendía recoger una moneda inexistente.
Hoy, al no verle en la avenida, he sentido un extraño pinchazo de nostalgia. Y sí, lo reconozco: he lamentado la moneda que dejé caer ayer.

Zodíaco vital


Ella es Cáncer; yo, Capricornio. Demasiadas coincidencias con nuestro pasado. Ella nació en el año de la serpiente; yo, en el de la rata. Ninguno de esos signos nos inspiraba algo positivo. Decidimos que hoy sería el día cero del año cero de nuestro amor, y que las estrellas sólo serían meros testigos.

Instinto de supervivencia


El gato estaba tumbado en el alféizar de la ventana, dejando que el sol entibiara su cuerpo atigrado. Tenía los ojos entrecerrados y, de vez en cuando, abría del todo uno de ellos para mirar abajo, hacia la calle. Respiraba con una especie de ronroneo asmático. Un par de moscas le zumbaban cerca de la oreja, pero él no hacía ademán de espantarlas. No muy lejos, una gata en celo maullaba su necesidad.
Él estaba sumido en sus recuerdos: los tejados que había escalado, la búsqueda de alimento en los cubos de basura, los roedores que había perseguido. La calle le traía buenos recuerdos. También hubo algunas peleas, pero su agilidad le había conservado sus siete vidas. Ahora, las cosas habían cambiado. El simple hecho de escalar hasta el alféizar le había supuesto un gran desgaste.
Su ojo abierto divisó a quien esperaba, entrando en ese momento en el portal del edificio. Minutos después, una anciana abría la ventana donde estaba apoyado el gato, diciendo con voz mimosa:
-¿Pero qué tenemos aquí? Minino bonito, ven conmigo…
El gato dejó que le cogiese en brazos y le introdujese en el cálido refugio de su nuevo hogar.