Margaritas sobre el asfalto



Ayer por la mañana, el autobús escolar atropelló a Nina Olsen. Era la parada de la calle Viveros de Madrid y solo estábamos mi hermano pequeño Chencho y yo. No me dio tiempo a taparle los ojos, pero tampoco es que lo intentase demasiado: quería acercarme para ver a Nina, compañera de clase y vecina de bloque, y soltaba y agarraba la mano de Chencho a impulsos de la curiosidad y la duda. Finalmente tironeé de él y nos asomamos al corrillo que se había formado.

—El chófer conducía a más velocidad de la permitida —decía una señora en aquel momento.

—Seguro que iba distraído. A la niña se la veía perfectamente —sentenció otra.

—¡Que alguien se lleve a estos niños de aquí! —dijo un tercero, al vernos. Retrocedimos y regresamos a la parada. Desde allí se veía el espectáculo del autobús detenido y una veintena de caras menudas en su interior, aplastadas contra el cristal, intentando atisbar algo. Algunos nos miraron con envidia.La ambulancia llegó poco después y se llevó el cuerpo de Nina Olsen. Sólo se veía su rubio cabello, tan danés, asomando por debajo del plástico con el que la cubrieron. Mandaron a otro conductor de autobús y aquel día llegamos a clase una hora más tarde.

Todos nos preguntaron a Chencho y a mí sobre lo ocurrido. Y tal y como nos habíamos jurado, mantuvimos esta versión de los hechos: Nina Olsen había cruzado justo cuando el autobús llegaba; nadie podría haber frenado a tiempo.

Lo que omitimos contar fue que estaba jugando a saltar al carril del autobús y regresar a la acera, en tiempo de segundos, para probar que los daneses tienen más reflejos que los españoles. Al fin y al cabo, nadie la había obligado a aceptar nuestra apuesta.

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