Napoleón


Recuerdo de mi infancia que mi abuelo Pierre, el francés, tuvo un pastor alemán durante muchos años. Mi abuela Josefina lo llamó “Napoleón”, lo cual nos pareció un bonito detalle. Sin embargo, mi abuelo siempre lo llamó “el chucho” o “el perro” hasta el día en que el pobre animal murió. Cuando mi abuela falleció, mi abuelo compró una perra preciosa y la llamó Desirée. Nunca vi brillar tanto sus ojos como cuando pronunciaba su nombre.

Anochece














Anochece en la ciudad de las termitas.
Grietas de luz en la oscuridad del cielo y
luciérnagas de neón en los edificios;
todas insuficientes para espantar mis miedos.
¿Me esperarás hoy debajo de la cama, oculto en el armario
o embozado en el más feliz de los sueños?
Otra noche de insomnio.
Quiero dormir.
Ahora.
Por
fa
vor.

Piel de cocodrilo

Los árboles del Amazonas se visten con la piel de los cocodrilos, por eso la corteza es pardusca y rugosa. Los indios topaki aseguran que los árboles atrapan a los reptiles con sus raíces, escondidas en el agua, así que nunca se bañan en el río. Esta mañana me enviaron a buscar a la periodista yanqui. Soberbia de formas y de carácter, se burló de las creencias indígenas que relaté y dejó a escondidas el campamento para ver los árboles-cocodrilo. Hace unos minutos la he encontrado. Mientras acaricio la corteza rosácea, lamento que esta vez yo tuviese razón.

Adiós, inocencia, adiós


Mi hermana aún no tiene sombra pero cuando nazca
estaré ahí, esperándola,
para saber si es verdad que yo ensucié mi sombra,
que de bebé era blanca.

A tiempo

Ya lo dijo el cielo preñado
de escurridizas sombras de pájaro en el agua:
“El horizonte está cerca
pero no llegarás a tiempo”.


Nos comportamos como jóvenes ebrios de vida,
con blancas alas de cera;
las cosas nunca resultaron fáciles, a pesar
de las estrellas fugaces.

Me enseñó su último tatuaje en el brazo.
“Lo siento”, quise decirle allí
bajo la lluvia.
Luces de neón

marcaban el destino al final de la carretera
entre mudos esqueletos de árboles.
Cuando él se asustó de la luz blanca
Encendimos velas en la habitación del motel.

Se rascó con un dedo el corazón tatuado.
¿Premonición? ¿Y qué
hacemos conmigo? También me quema.
Se acostó de espaldas. Suspiró al aire:

“No hubiera visto el sol sin estas alas, míralas, están rotas
y dentro de poco sólo serán cera para velas de
moteles oscuros. Pero hay algo que debes saber antes
de que me alcance el horizonte a destiempo, vida mía:

Volvería a hacerlo”.

Un hombre de empresa

El ejecutivo contempló con una mueca la imagen de la antesala de su despacho que le ofrecía el monitor de vídeo instalado en su mesa. En el canapé destinado a las visitas había tres hombres sentados que no parecían especialmente contentos. Dos de ellos semejaban ex-campeones de halterofilia y el tercero, un tipo bajito y musculoso, habría podido dar que hablar en los cien metros lisos.
Se retrepó en el sillón de su despacho y volvió a mirar la hora. Su secretaria había dicho a los visitantes que él estaba reunido, pero ellos habían insistido en aguardarle. Así que llevaban esperando media mañana y parte de la tarde, sentados incómodamente en el canapé.
Cuando el ejecutivo sintió el rugir de su estómago se lo apretó con fuerza, temeroso de que se oyese en el exterior. Afortunadamente, el despacho estaba insonorizado y el sillón era cómodo. Lo que lamentaba era no tener un aseo personal. Menos mal que existían las plantas decorativas.
En total llevaba cuatro horas de encierro; dentro de una más la secretaria tendría que irse, dejándole a merced de aquellos gorilas enviados por un acreedor. “Sé un hombre”, se dijo, “plántales cara y diles que no hay dinero en estos momentos”.
Dudó al recordar las palabras, mil veces memorizadas, del prestamista que le había concedido el crédito millonario para reflotar la empresa. “Si no me devuelves el dinero en plazo, olvídate de tus hijos”. “Pero si no tengo”, le había dicho. “Por eso mismo”, fue su respuesta.
Abrió la ventana para ventilar el despacho viciado por el encierro. El ensordecedor ruido del tráfico pareció darle la bienvenida, recordándole que había otros desgraciados afanados en sus negocios y confiados en que llegaría un día más para ellos.
—Se acabó —dijo en voz alta.
Nunca había padecido vértigo y cuando se encontró completamente de pie en la cornisa exterior, sujetado por una sola mano a la ventana, sintió una extraña fascinación. “No creo ni que me duela. Antes se debe morir uno de una parada cardíaca”.
Su vacilación duró sólo unos minutos. Volvió a entrar en el despacho por la ventana y se dirigió con paso decidido a la puerta, que abrió con energía. Para su sorpresa, se vio solo. La secretaria se había ido y el canapé estaba vacío.
—¿Significa esto que he pasado la prueba? —dijo estúpidamente, mirando en derredor, intentando localizar el micrófono oculto.
—Le llamaremos en los próximos días para comunicarle nuestra decisión —respondió una voz femenina impersonal desde algún lugar del techo.
Al otro lado del micrófono, la dueña de la voz detuvo la grabación de la cinta, extrajo el CD del ordenador y escribió la leyenda “Candidato nº 6” y la fecha. Suspiró audiblemente: había sido agotador monitorizar a aquel tipo. Por fortuna se habían terminado las entrevistas previstas esa semana.
Oyó que alguien entraba en la sala de grabaciones. Era el Director General de la empresa, quien personalmente había contratado los servicios de su gabinete para seleccionar un directivo.
—Acabo de regresar de mi viaje, pero estaba impaciente por comprobar este “novedoso” sistema de selección. ¿Cómo han ido las pruebas?
La chica alargó su mano de finos dedos hacia un dossier que reposaba a su derecha. Recitó con voz parsimoniosa:
—Tal y como se acordó, a los candidatos se les ha dado las oportunas instrucciones para asumir el papel de un ejecutivo al que reclaman una deuda por la fuerza bruta. Se les ha provisto de informes financieros, ordenador con conexión a Internet, teléfono y secretaria. Se les ha advertido de las consecuencias negativas de avisar a la policía, al ejército o a la prensa. Se les ha avisado de que enfrentarse directamente a los matones implicaría una paliza física real (aunque se respetarían los órganos vitales) y que tirarse por la ventana también era una opción contemplada, por lo que se había instalado una red protectora para recogerles de la caída. Se les ha pedido sinceridad de carácter y que actúen según lo que realmente harían si la situación fuese absolutamente real.
—¿Y cuál ha sido el resultado?
—De los seis candidatos, tres optaron por la paliza, dos se tiraron por la ventana y el de hoy se ha encerrado durante todo el día hasta que nos hemos cansado de esperar —le informó la mujer, con tono de desencanto.
El Director General movió la cabeza con pesadumbre.
—Siga intentándolo —la animó—. Algún hombre de empresa quedará que todavía entienda el término “negociación”.

Descanse en paz


Aprendí demasiado pronto que la locura es roja, pero también resbaladiza como una pastilla de jabón. Lo supe antes de que los que me rodeaban comenzasen a mover la cabeza compasivamente, como guiñoles manejados por hilos invisibles, repitiendo un gesto antiguo como el mundo.
La locura es roja y también resbaladiza, como lo fue aquella tarde que Aitana y yo nos alejamos del pueblo, y rodeamos la tapia del cementerio caminando muy despacio. Ella sonreía fingiendo ignorar lo que había al otro lado, pero apretaba mi mano con fuerza.
—Aquí —le dije yo, deteniéndome de repetente—, es justo aquí.
Solté la mano menuda de Aitana, que con un acto reflejo intentó tomármela de nuevo, para encontrar el vacío. Sus ojos oscuros buscaron los míos con una pregunta, pero yo aparté la mirada. No podía hacer lo que me había propuesto si me rendía ante mi hermana pequeña.
—Dime qué ves —le ordené.
Ella miró con desamparo a su alrededor. A un lado, el muro del cementerio; al otro, el campo castellano que se vestía de rastrojo.
—Una tapia, David.
Su voz clara parecía estar hecha de cristales. Por un instante quise taparme los oídos.
—Dime qué oyes —insistí.
Aitana empezó a girar sobre sí misma, con los ojos cerrados. Primero, lentamente; después, a mayor velocidad. Finalmente se cayó pero no le ayudé a levantarse. Sus ojos grandes y oscuros me observaron desde el suelo, con pena.
—No oigo nada, aparte de los pájaros y mi respiración. También oigo mi corazón latiendo.
—¿No oyes a mamá?
Aitana se asustó, pero consiguió ahogar el grito.
—Sólo la oyes tú.
—Ella está aquí, ¿me oyes? —miré alrededor, temblando—. Oigo cómo me llama, cómo nos llama a los dos. Alguien la mató y la enterró fuera del camposanto. Tenemos que desenterrarla.
Me agaché junto a mi hermana y empecé a remover aquella tierra rojiza. Aitana, todavía asustada, de vez en cuando metía una mano y me ayudaba a apartar los terrones removidos.
—¿Qué harás si es cierto? —me preguntó.
—Haré lo que ella me pida.
Una hora después apareció el cráneo. Seguí cavando hasta que encontré el fémur. Mi hermana y yo nos detuvimos un instante, jadeando. Aitana empezó a llorar en silencio.
—¿La oyes ahora? —susurré.
Ella negó con un gesto de su cabeza.
—Mamá… —dije, mientras cogía el fémur y lo acariciaba en mi mano—. Ella estaba tan sola, ¿sabes? Y papá la pegaba continuamente. Aquella tarde que huyó quise ayudarla, de verdad que lo intenté.
Miré a Aitana antes de añadir muy serio:
—Pero no lo hice bien, porque sigue sola.
Y antes de que mi hermana reaccionase, la golpeé con el hueso hasta que estuve seguro de que ya no se movería más. La enterré con mi madre.
La locura es roja y también resbaladiza. Todos creen que me volví especial porque mi madre y mi hermana desaparecieron y nunca más se supo de ellas. Pero la tierra rojiza sabe que camino sobre hielo y barro y que, a veces, cedo al reclamo de las voces.
Pronto lo haré: unirme a ellos, a los muertos. Estoy cansado de escuchar sus súplicas e historias. Persiguiéndome noche y día, a pesar del tiempo que ha pasado. ¡¿Es que no pueden dejarme en paz?!

Tres modos de escapar de un laberinto (reescrito)


Esta noche te encuentras de nuevo frente a las puertas de un laberinto, con la conocida sensación de peligro hormigueándote bajo la piel. El laberinto-mujer que contemplas se enfunda en un vestido de gasa rosa que proclama inocencia, mientras sus labios rabiosamente encendidos piden guerra. Y te preguntas si sabrás salir indemne en esta ocasión.
Conoces tres modos seguros de escapar de este tipo de laberintos, llegado el caso. La primera técnica es elegir una dirección y mantenerte firme en ella. Las dudas siempre son ganancia para las féminas. La segunda consiste en el ensayo-error. Ahora avanzo, ahora retrocedo, llevando al límite su paciencia. Justo como en los laberintos reales.
La tercera opción, la que ahora te planteas, es la más obvia: si tienes miedo de no saber escapar, mejor no arriesgues.
Dudas. Dos minutos de vacilación y terminas por invitarla a una copa, acallando las razones de tu subconsciente: yo. Luego no me vengas quejándote, pobre ingenuo.

Tras el biombo



—Por favor, ven —fue el ruego desesperado de Clara al otro lado del teléfono—. Tengo que mostrarte algo.
Quince años de separación oficial no habían conseguido que ésta fuese física. De nada servía que me hubiese casado de nuevo, que tuviese tres hijos pequeños y un trabajo absorbente: Clara siempre me interpelaba como si ella fuese mi principal ocupación. Maldito el día en que la conocí y la hice mi mujer frente a un juez de guardia. Aquel matrimonio de tres días se había revelado como una cadena perpetua.
Llegué al piso de Clara media hora después. Hacía varias semanas que no la veía, y me sorprendieron los círculos oscuros bajo los ojos, su rostro sin maquillar y su cabello pelirrojo recogido con descuido.
—¿Qué sucede? —dije con impaciencia, mirando con descaro el reloj—. Mi hijo mayor juega un partido de baloncesto dentro de una hora y quiero ir a verle.
Por toda respuesta, ella me guió hacia el dormitorio de su compañera de piso. Hacía tiempo que había decidido conseguir una fuente extra de ingresos alquilando una habitación de su amplia casa. Sus ganancias como “Personal Shopper” eran tan impredecibles como el IBEX 35, pero ella no deseaba renunciar a su tren de vida.
—Hace un año que Almudena es mi inquilina —comenzó a explicar, retorciéndose las manos mientras entrábamos en el cuarto.
Yo asentí, conocía a la susodicha por los frecuentes requerimientos de Clara de acudir a su casa. Evoqué la figura menuda de una chica morena de pelo corto siempre con vestidos, y eché un vistazo en derredor, aprobando silenciosamente el orden pulcro de la habitación. Era un dormitorio espacioso, con una cama de 1,20 en el centro, armario empotrado, butaca y, al lado del gran ventanal, un biombo que llevaba estampada en blanco y negro una fotografía de Audrey Hepburn en “Desayuno con diamantes”.
—Aquí no veo nada extraño —dije, frunciendo el ceño—. ¿Te has dedicado a revolver las cosas de tu compañera de piso?
—Me estás juzgando sin terminar de oírme —se defendió Clara, retorciéndose aún más las manos—. Te he llamado porque hace tres días que Almudena no duerme en casa. No me dejó ningún aviso, no contesta las llamadas y, como nunca me ha hablado de su familia, no sé a quién preguntar.
—Denúncialo a la policía, Clara.
—Eso ya lo he hecho, pero es que esta mañana he descubierto algo. Tras el biombo. Es el único mueble de la habitación que no es mío, ella misma lo trajo y lo colocó en esa esquina.
Me acerqué al objeto, lo desplacé y comprobé que sólo ocultaba un trozo de pared desnuda. Me di la vuelta con un interrogante silencioso.
—Mira en el biombo. Por detrás.
Eso hice y contuve un silbido de admiración. Los tres paneles estaban empapelados por una multitud de fotografías en blanco y negro, todas ellas de la misma chica morena y delgada, enfundada en diferentes vestidos de los años 60.
—Es Almudena, ¿no? Parece que está imitando el estilo de Audrey Hepburn.
Clara me miró, preocupada.
—¿Y si es una psicópata? ¿No crees que corro peligro?
Por primera vez desde la llamada de Clara, me sentí aliviado y hasta me permití carcajear.
—Me voy, querida, que llego tarde al partido de mi hijo.
Ella me siguió por el pasillo hasta la puerta de entrada, lanzándome improperios.
—¡Cómo se te ocurre dejarme así! ¡Quizás estoy en peligro de muerte!
Me detuve en el rellano y enfrenté sus ojos, con gesto serio.
—La que ha debido considerarse en peligro es Almudena. Su casera, es decir, tú, es una persona obsesionada con su ex-marido, y su única dedicación es aconsejar a otras mujeres cómo gastarse su dinero en “trapitos”. No me extrañaría que, a estas horas, se estuviese buscando una nueva habitación.
Dejándola sin palabras, me fui. Dos días después, Clara me llamó de nuevo:
—Almudena ha venido por sus cosas y se ha ido.
Hubo un largo silencio que acabó rompiendo ella:
—¿Puedo acercarme a tu oficina a que me invites a un café?
Acepté, por supuesto. Si aquel día de quince años atrás tuve el arrebato de casarme con Clara es porque jamás he conocido, ni volveré a conocer, una mujer tan insufrible y adorable como ella.

Mi amiga Gabriela





Gabriela y yo somos amigas desde siempre, pero estamos más unidas desde que empezamos a compartir uno de esos agujeros de colmena de la metrópoli y la costumbre de ejecutar sesiones de “escritura rápida” para huir del hastío de la caja tonta.
—Tú pones tema —ordena Gabriela, que tiene la mirada de los seres acuáticos y un total poder de hipnosis sobre mí.
—Vale —lo pienso un minuto, repasando con la mirada los apetecibles libros que me tientan como un bodegón hiperrealista desde sus estanterías—. Hablemos del fin del mundo.
—Perfecto.
Escribiendo hemos descubierto que podemos detener el tiempo, silenciar los latidos y viajar. Pero yo siempre voy un paso por detrás de Gabriela. Ella es más rápida, más aguda, más innovadora. Sus letras al rojo vivo agujerean el papel y el sudor que le resbala por el cuello, con reflujo de leche agria, lejos de incomodarme, me hace abrir los ollares como al pura sangre que olisquea expectante la certeza del galope.
“Debe ser porque Gabriela duerme en un bosque de hadas”, me digo. Aunque nunca hemos pisado la habitación de la otra, hace tiempo llamé a su puerta y al abrirme contemplé a su espalda un vergel que oscurecía las paredes, se enredaba en la ventana y alfombraba el suelo, llamando a descalzar los pies. Turbada, me di media vuelta y desde entonces la llamo a gritos desde el salón.
Pero hace un mes que Gabriela se ha encerrado en su cuarto. Cuando, preocupada, me decidí a golpear a su puerta, únicamente dijo:
—¿En qué estación estamos?
—En primavera.
—Entonces avísame cuando llegue el verano. La primavera es tan aburrida y… romántica —habló burlonamente, como si ambos adjetivos fueran igual de insufribles.
Lógicamente, no le hice caso. Y la llamé al día siguiente, y al otro, y al de más allá. Le dejaba bandejas de comida que no tocaba. Casi nunca me respondía, pero la oía tararear allá dentro, y me la imaginaba trenzando lianas, edificando una estación de tren en miniatura, con vías como hileras de hormigas disciplinadas, o atusando el pelo de algún hada con los dedos engarfiados, como hacía mi abuela conmigo.
Hoy, sin embargo, me ha contestado.
—¿Quién eres? —ha susurrado con la voz temblorosa.
—Rocío, tu amiga, ¿quién va a ser?
—No te conozco.
Y al otro lado se ha extinguido todo rastro de su presencia. Lo sé, porque llevo todo el día acercando la oreja a la puerta y ni siquiera he cogido un maldito pañuelo de papel para secarme las lágrimas.

Tres modos de escapar de un laberinto



Te encuentras a las puertas. Quizá hubiese ayudado tener una inscripción en runas antiguas, algún mensaje cifrado que te advirtiera de que estabas frente a un laberinto. Pero no la hay y no hacía falta. El sentimiento de peligro que lleva hormigueándote desde hace diez minutos ha disparado ya la alarma.

Aún así, no puedes evitar relamerte pensando en la situación. Desafiar un laberinto es incursionar en la psique humana, una experiencia reveladora. Lo complejo revestido de sencillez, un misterio que se viste de diseño, la intuición aliándose con la experiencia sensorial. ¿Destino? ¿Libre albedrío? No lo sabes, tampoco te importa.

Te sientes confiado porque conoces dos modos seguros de escapar de un laberinto, llegado el caso. Sean de una sola salida, o con ramificaciones entrelazadas, se trata de elegir una dirección y, con mucha paciencia, mantenerse firme en ella todo el camino. Pero otras veces, lo divertido será el ensayo-error. Ahora avanzo, ahora retrocedo.

Sin embargo, mientras observas este nuevo laberinto enfundado en un vestido de gasa rosa, que proclama inocencia mientras sus labios rabiosamente encendidos piden guerra, te preguntas si sabrás salir indemne en esta ocasión. Quizá ha llegado el momento de acogerte a la tercera posibilidad: si tienes miedo de no saber escapar, mejor no arriesgues.

Dudas. Dos minutos de vacilación y terminas por invitarla a una copa, acallando las razones de tu subconsciente: yo. Luego no me vengas quejándote, pobre ingenuo.

Microrrelatos mitológicos



PADRE DEL OLIMPO


Cuando Zeus conoció a la humana número 2.324, de la cual engendró al héroe número 327 de la mitología, empezó a meditar si los dioses no deberían pensar en la planificación familiar.

HERENCIA DE SIRENA


La crearon en una probeta, con genes de Catherine Z. Jones y voz de sirena. Murió aplastada en el escenario por una avalancha de fans, durante su primer concierto.

EDIPO

Mamá, ¿por qué no mandamos a papá al cole y yo me quedo en casa? A mí no me hace falta afeitarme para que me des un beso…

CIRCO

Lo mejor del espectáculo era la pira funeraria; lo peor, que hasta el último momento no sabía si le habían vendido un ave fénix verdadera.

REY MIDAS

Después de doce años convirtiendo todo en oro, el Rey Midas rogó a Dionisos que se compadeciese de él y le permitiese cambiar su petición. Para su sorpresa, éste no puso reparos. Bueno, dijo su amigo, pero sólo por esta vez. Piensa una palabra y será la que sustituya al oro. “Mierda…”, pensó Midas por haber perdido la ocasión de pedir ser relevado para siempre de su don.

MINOTAURO

Fue el gladiador más famoso hasta que un contrincante salió a la arena con un capote rojo.

Edén


Los nuevos árboles aparecieron ayer. Eran tan altos que no alcanzábamos a vislumbrar su fin y, al mismo tiempo, esbeltos, de ramas cimbreantes que nos tentaban con sus hojas verde jade. Sabíamos lo que ocurriría si los mordíamos, por eso le dijimos al Payaso que no se acercase. Nos ignoró. Hoy ha aparecido panza arriba y pronto lo sacarán del acuario.

Margaritas sobre el asfalto



Ayer por la mañana, el autobús escolar atropelló a Nina Olsen. Era la parada de la calle Viveros de Madrid y solo estábamos mi hermano pequeño Chencho y yo. No me dio tiempo a taparle los ojos, pero tampoco es que lo intentase demasiado: quería acercarme para ver a Nina, compañera de clase y vecina de bloque, y soltaba y agarraba la mano de Chencho a impulsos de la curiosidad y la duda. Finalmente tironeé de él y nos asomamos al corrillo que se había formado.

—El chófer conducía a más velocidad de la permitida —decía una señora en aquel momento.

—Seguro que iba distraído. A la niña se la veía perfectamente —sentenció otra.

—¡Que alguien se lleve a estos niños de aquí! —dijo un tercero, al vernos. Retrocedimos y regresamos a la parada. Desde allí se veía el espectáculo del autobús detenido y una veintena de caras menudas en su interior, aplastadas contra el cristal, intentando atisbar algo. Algunos nos miraron con envidia.La ambulancia llegó poco después y se llevó el cuerpo de Nina Olsen. Sólo se veía su rubio cabello, tan danés, asomando por debajo del plástico con el que la cubrieron. Mandaron a otro conductor de autobús y aquel día llegamos a clase una hora más tarde.

Todos nos preguntaron a Chencho y a mí sobre lo ocurrido. Y tal y como nos habíamos jurado, mantuvimos esta versión de los hechos: Nina Olsen había cruzado justo cuando el autobús llegaba; nadie podría haber frenado a tiempo.

Lo que omitimos contar fue que estaba jugando a saltar al carril del autobús y regresar a la acera, en tiempo de segundos, para probar que los daneses tienen más reflejos que los españoles. Al fin y al cabo, nadie la había obligado a aceptar nuestra apuesta.