Cactus


Jorge era informático. Elsa, diseñadora de jardines. A él le habían encargado sustituir el puesto de trabajo de Elsa por un programa informático que generaba tres mil propuestas diferentes para cada cliente. Coincidieron apenas quince minutos, mientras Elsa recogía sus cosas. Te olvidas el cactus, dijo Jorge, señalando junto a la pantalla. Ella se encogió de hombros. No tiene hojas, repuso.

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