El Silencioso


Medina remataba siempre el trabajo contando una historia, distinta cada vez, pero con un personaje común: el Silencioso. Así llamaba a la presencia invisible que, tarde o temprano, se les acababa revelando a los infortunados protagonistas de sus narraciones.

Tenía un don, Medina. Su voz ronca hipnotizaba como el desfile de una pantera, y era igual de peligrosa. Los novatos del grupo le dirigían tímidas miradas, incapaces de sustraerse a su hechizo a pesar del frío, mientras él iba dando caladas a su tabaco negro.

La historia duraba lo que su cigarrillo en consumirse, cuyas cenizas iba sacudiendo metódicamente con un giro de muñeca. Y era entonces, mientras asistíamos a la aparición del Silencioso, previendo que en sólo dos caladas llegaría el desenlace, cuando el rehén comenzaba a gritar, preso de la histeria, jurando que nos diría todo.

Allí, en medio de la campiña, con el frío anidando en el tuétano y una docena de hombres rodeando al desdichado, Medina remataba su trabajo con una frase y un disparo que cerraban también su historia.

-Demasiado tarde.

Cuentos de hadas mestizos


GATOAZUL CON BOTAS

Érase una vez un gato de pelaje tan azul que los ratones se quedaban paralizados de terror al verle, permitiéndole devorarlos sin esfuerzo. Sus dueños estaban felices con su labor de cacería, y decidieron regalarle unas botas al minino. Ese mismo día le encontraron muerto junto al muro de enredaderas: había resbalado mientras subía al tejado.


LA SIRENITA Y LA BALLENA

El rey Neptuno amaba a todas sus hijas sirenas, pero la menor tenía un lugar de predilección en sus afectos. Envidiosas, sus hermanas la secuestraron y arrojaron al interior de una gran ballena.

Hija mía, ¿dónde estás? oyó gritar a su padre que la buscaba.

Abrió la boca para decir: “En el vientre de la ballena”, pero en su lugar acabó preguntando al cetáceo:

¿Conoces los arrecifes de Australia?


LA CRIADA DURMIENTE

Durmió cien años y, al despertar, oyó que alguien preguntaba:

—¿Dónde se ha metido esa haragana de Cenicienta?


NO SÓLO BLANCO Y NEGRO

Blancanieves pasó toda su infancia encerrada con una rueca de ébano que tejía un algodón tan blanco como la luz. Cuando creció y le permitieron alejarse de palacio, se perdió en el bosque. La encontraron siete hombrecillos que la invitaron a su casa para terminar encadenándola a un gigantesco telar. Al menos ellos tienen hilos de colores, pensó.

Cuento de hadas galáctico

Tacirupeca Jaro fue enviada en misión secreta a Saturno. Viajó en una cápsula para evitar los radares de su enemigo Bolo Rozfe, y sorteó con habilidad el cinturón de meteoritos que orbitaban alrededor del planeta. Una vez allí, quiso contactar con la agente secreto Talibuea, pero llegó tarde. Su enemigo galáctico la había liquidado y tomado su apariencia. Tacirupeca le descubrió gracias a la sonrisa que le dirigió el usurpador, desde su disfraz perfecto. Esos relucientes colmillos no podían ser de Talibuea, que usaba dentadura postiza desde hacía años. Bolo Rozfe murió desintegrado por un certero disparo láser, y Tacirupeca se disparó después. ¿Qué sentido tiene una presa sin cazador?

La infancia de las mariposas


El cuadro era un collage moderno, una lámina donde habían dibujado una rama de árbol en la que se posaban dos mariposas de papel azul. Era el favorito de Cecilia y por ese motivo presidía el salón de su apartamento de recién casada.

Julio solía llegar tarde a comer. Cecilia le esperaba recostada en el sofá, atenta al sonido de las llaves. Pero últimamente se quedaba dormida. Al abrir los ojos, Julio ya se había ido. Cuando se reencontraban por la noche, ella se disculpaba y le pedía que la despertase pero, una y otra vez, Cecilia se adormecía y despertaba sola.

En sus duermevelas, Cecilia soñaba con las mariposas azules del cuadro. Le acariciaban el rostro y le hacían cosquillas en los brazos. Ella sonreía e intentaba alzar la mano para atraparlas, pero las muy pícaras salían huyendo. Dejó de soñar con mariposas cuando su marido comenzó a faltar a los almuerzos; Julio se excusó diciendo que ganaba tiempo almorzando en el trabajo.

Ahora Cecilia gasta los mediodías sentada en el sofá y contemplando el cuadro. Hace tiempo que no se adormila. Por las tardes Julio llega tarde a casa, demasiado cansado para darle un beso, y se queda dormido nada más acostarse; ni siquiera reacciona a las caricias de Cecilia en su rostro.

Y ella se pregunta si será Julio el que sueña ahora con mariposas azules.