La niña de las Salinas


Marie vivía en las Salinas, cerca de la fábrica de ladrillo. La ropa le olía a una mezcla de tabaco y lavanda, y llevaba el pelo recogido con un lazo. En clase la apuesta entre los chicos era quién se llevaría el lazo de Marie.

Ella nunca protestaba. Cuando se lo quitábamos, bajaba la cabeza hacia la mesa del pupitre y apretaba los labios. Deseábamos seguir a la rubia francesita hasta las Salinas, pero su padre siempre la esperaba a la salida del colegio, grande como un molino, y con una pipa colgándole de la boca.

Cuando empezamos el bachillerato, ella dejó de venir a clase. Había comenzado a trabajar en la fábrica. Nos acostumbramos entonces a ir por las tardes hasta las Salinas, con la esperanza de verla salir. Queríamos saber si todavía seguiría llevando lazos, y quién de nosotros se atrevería a quitárselo.

Una tarde coincidimos por fin con ella. Estaba muy cambiada. Su silueta femenina nos perturbó, casi tanto como la visión de su cabello suelto sobre la espalda, sin cinta que lo anudase. Compartiendo un mismo impulso, empezamos a caminar hacia ella, pero apenas avanzamos unos metros. Un chico alto, casi tan alto como el padre de Marie, apareció para acompañarla.

Les vimos alejarse mientras aferrábamos, en el escondite de nuestros bolsillos, el antiguo tesoro de las cintas de Marie.

Ojos verdes


Richard Armitage no tiene los ojos verdes. Es verdad que yo creía que eran del mismo color que los campos de Leicester, su tierra natal. Pero ahora que he repasado todas las series de televisión donde aparece (“Norte y Sur” y “Robin Hood” por tercera vez, he de reconocerlo), me encuentro con que no son verdes, en absoluto.

El problema es que Icíar sigue afirmando lo contrario. A pesar de que la invito a entrar conmigo en Internet y buscar fotos del actor, ella persiste: “Están todas retocadas. Lo que está de moda son los ojos azules, así que las manipulan por ordenador. No te creerás que las modelos de las revistas son así realmente, ¿no, Sandra?”.

Icíar y yo nos conocimos en la sala de espera de un abogado matrimonialista. En la media hora de retraso con que llegaron nuestros maridos –curiosamente, ambos aparecieron al mismo tiempo-, comenzamos a hablar de nuestros actores preferidos y nos hicimos amigas. Continué viéndola porque, aunque aquélla había sido mi última visita al abogado, Icíar seguía adelante con su separación.

“Le he puesto un plazo a Emilio, Sandra, hasta el 22 de agosto”, me explicó por teléfono mientras se oía la televisión de fondo a un volumen casi denunciable. “¿Nos tomamos un helado y te cuento todo?”. Estábamos en enero, pero ella era así de impulsiva y alocada.

Cuando llegó la fecha, no hizo falta que me llamase. Acudí a su casa, y me abrió la puerta con el delantal puesto. Mientras la seguía hasta la cocina, donde preparaba una especie de tarta, me fui preguntando si se habría olvidado del famoso plazo. Parecía ensimismada en la elaboración del pastel y me invitó a probarlo cuando lo terminase. Sólo entonces, cuando nos sentamos frente a una taza de café cargado, y trajo la tarta con una vela, le pregunté: “¿Qué celebramos, Icíar?”. Ella respondió: “¿Sabes que día es hoy, Sandra?” Asentí sin palabras. Icíar me hizo un guiño: “Hoy es el cumpleaños de Richard Armitage, el de los ojos verdes”.

A día de hoy todavía seguimos discutiendo si le retocan los ojos con el Photoshop, mientras Emilio nos escucha sonriente desde el sofá, fingiendo que lee el periódico.