El columpio


El columpio lo construyó el padre, usando dos gruesos cables que introdujo en tubos de manguera para que los niños no se raspasen las manos. Como asiento utilizó una tabla en la que atornilló los cables. Lo fabricó en una tarde y lo colgó en una gruesa rama del roble del huerto.

Los mellizos se columpiaban temerariamente, pero Susana, la más pequeña, sólo se atrevía a un tímido balanceo. Sus hermanos la incitaban. “Susana, si giras sobre ti misma hacia la derecha, se borrarán tus recuerdos”, decía uno. “Y si giras a la izquierda, se cumplirán todos tus deseos”, apoyaba el otro. Luego, a dúo, remachaban: “Y si te impulsas hacia adelante muy fuerte, tocarás el cielo y sabrás la respuesta a todas las preguntas”. Susana nunca les hizo caso; era mayor el miedo a caerse.

Han transcurrido quince años y Susana contempla el solitario columpio, que se balancea con la brisa de la tarde. Se sienta en él con cuidado de no manchar su vestido blanco. ¿Cómo era aquella cantinela? Hacia la derecha, olvidar el pasado. Hacia la izquierda, resolver el futuro. Hacia adelante… ¿qué sucedía hacia adelante? Con ayuda de los pies se impulsa a la derecha, pero no consigue completar el giro. Lo mismo sucede cuando repite la operación hacia la izquierda.

Ya están repicando las campanas de la iglesia cuando Susana recuerda la última parte: hacia adelante encontrará todas las respuestas. Retrocede primero aferrada a los cables, y después corre para lanzarse. Su vestido de novia revolotea en el aire como una paloma recién liberada. Mientras desciende oye el eco lejano de su nombre.

Sus hermanos le han mentido. Y a ella se le ha acabado el tiempo.

El amante cometa


Los aldeanos me llamaban la bruja hilandera por mi habilidad para tejer con cualquier material. Me admiraban, pero también me temían, por lo que preferí aislarme en un claro del bosque que los leñadores habían despoblado.

El camino hasta mi refugio lo encontró un joven hechicero, atraído por mi fama. Me contó que, un mes atrás, había desposado a la fuerza a una joven campesina. Decía que la amaba sinceramente pero la novia nunca le correspondió: se arrojó por la ventana en la noche de bodas.

Sin embargo, la chica no se libró del brujo. Éste había conjurado un hilo mágico que unía el alma de su esposa al dedo anular de él, así que la caída desde la torre sólo destrozó el cuerpo. El espectro de la joven, una versión demacrada de su dueña, ligera como el humo, permaneció atado a su marido. Y ahí entraba yo.

Necesito que prepares una colección de vestidos a mi esposa, pidió el hechicero. Livianos, que no la abrumen con su peso. Contemplé los bellos ojos azules del brujo y dije que lo haría, con la condición de trasladar mi telar a su castillo. Tejí durante toda una estación, usando hilo de telaraña, suspiros de doncella y rayos de luna.

Aprovechando un momento en que le probaba los vestidos a la joven, corté con mis tijeras de punta de diamante el hilo que la mantenía sujeta al hechicero y lo enrollé en mi dedo anular. El fantasma de la novia desapareció para reunirse con el cuerpo. Y al brujo, por su parte, le tuve atado durante semanas hasta que finalmente pereció de hambre y sólo quedó su espectro.

Me encanta salir a pasear en los días de viento y que la gente admire volar, sujeto a mi dedo, a mi hermoso amante cometa.

Los toros azules



El primero de los toros azules emergió chorreando espuma por los ollares, y sus poderosas patas le empujaron fuera del océano, en dirección al niño que le contemplaba atónito desde la orilla.

Cuando la embestida parecía inminente, aquella bestia se licuó de improviso a los pies del infante, salpicando de agua salada sus pequeños pies.

Hubo un segundo toro, un tercero, y así hasta completar una manada de veinte, que se deshicieron frente al niño, inmóvil como una estatua ante las apariciones.

Fue su madre quien finalmente le rescató del hechizo, con un par de palmadas en el trasero, por acercarse tanto a las olas de aquel mar que contemplaba por primera vez.

The Hong-Kong Book Fair



Loreto era un rostro rodeado de otros cientos de rostros humanos, pero algo la hacía destacarse de la masa anodina de la facultad. Pasé mucho tiempo analizando cuál era esa cualidad que me hacía imposible despegar la vista de su figura, que me obligaba a escanear todos los lugares que frecuentaba hasta localizarla entre la multitud.

No sé si Loreto fue consciente en algún momento de mi interés. Alzaba los ojos con timidez cuando la saludaba, y no llegaba más allá de los monosílabos en mis tentativas de conversar con ella. En otras palabras: nunca coqueteó conmigo y decidí que era mejor olvidarla una vez finalizada la universidad.

Sin embargo, una década después, volví a adivinar su rostro entre la muchedumbre. Ese gesto suyo, la forma de alzar la cabeza, me confirmó su identidad. Fue una visión fugaz en el mar de rostros que abarrotaban la feria más multitudinaria a la que jamás había asistido: la Hong-Kong Book Fair. Mi trabajo de agente editorial me había conducido hasta las puertas de Oriente pero no sólo lamentaba el viaje, sino que empezaba a experimentar síntomas de agorafobia.

Mi indisposición quedó rápidamente relegada a un segundo plano al ver a Loreto entre la miríada de personas del lugar. ¿Dónde podría volver a encontrarla? ¿A qué lugar acudiría una española en una feria asfixiante para encontrar un momento de tranquilidad? La respuesta me llegó como una revelación. Entre los servicios feriales destacaba una amplia oferta de restaurantes de comida rápida y bares. Al repasar la relación de nombres, me había llamado la atención uno en castellano: “Café Punta del Cielo”, una franquicia mexicana que prometía saborear café de verdad. Quizá pudiéramos coincidir allí.

Aquella tarde fue la más larga de mi vida. Mientras repasaba el catálogo de expositores de la feria, de dimensiones y letra parecidas a una guía de teléfonos, fui saboreando despacio un café tras otro, y alzando la vista a cada momento. Sentía una desazón creciente. Aquel catálogo me hablaba de miles de editoriales, cada una manejando cientos de autores, y si multiplicaba por un promedio de cinco obras por escritor, visualizaba una biblioteca infinita que ninguna generación sería capaz de leer. ¿Cómo distinguir, entre aquel maremágnum de productos, al autor que merecería la pena representar, al que quizá podría alcanzar notoriedad en su década y mantener saneadas las cuentas de una editorial?

Con un gesto agotado cerré el catálogo y me levanté para pedir un último café. Una mujer abonaba su consumición en la barra. Aunque estaba de espaldas, reconocí sin dificultad aquel movimiento de su cabeza. Loreto giró al oírme pronunciar su nombre y su rostro se expandió por el efecto de su sonrisa al reconocerme.

Por eso me convertí en agente editorial: aquella chica me había demostrado, en mis tiempos de facultad, que era capaz de identificar lo valioso entre la multitud. Y ahora estaba mejor preparado para aprovechar la oportunidad.

An Cailín Rua


La llamaron Blanca, no podía tener otro nombre esa niña pálida que la zíngara acababa de alumbrar. Las mujeres que se habían amontonado en la habitación temieron la cólera del padre por aquellos rasgos ajenos a su raza. Pero cuando mostraron el bebé a Samuel, éste sonrió fascinado al ver la piel lechosa y la pelusa rojiza que coronaba su cráneo. “An Cailín Rua”, dijo y la tomó amorosamente en sus brazos.

Fue entonces cuando un primo recordó que el padre de Samuel había estado en Irlanda siendo joven y que regresó con un hijo de cinco años y ninguna esposa. Rehizo su vida y nadie se atrevió a preguntar por el origen de la madre, aunque era fácil hacer suposiciones oyendo a Samuel hablar gaélico.

Blanca creció bajo la mirada de su padre, que se fue haciendo más atenta conforme avanzaban los años y su hija se transformaba en una beldad pelirroja que hechizaba a los muchachos zíngaros. La joven, por su parte, no parecía interesarse en ellos; su rasgo más destacado era la tendencia a ensimismarse contemplando cómo las olas se rompían contra el acantilado gallego y el rostro de su padre mientras le hablaba “en el idioma de la abuela”.

Pero un día sucedió lo temido: Jonás, más apasionado que otros, antepuso su amor al respeto al clan y huyó con Blanca. No supieron de ellos hasta pasados unos años, cuando Jonás regresó con un niño moreno y sin la bella pelirroja, que les había abandonado en Irlanda.

Samuel les acogió en su casa e intentó consolar a su yerno: “Jonás, ésa es la lección que yo hube de aceptar desde niño. Esas criaturas hechiceras no nos pertenecen y no hay amor humano, ni de hijo ni de amante, que les persuada de regresar con los suyos”.


(An Cailín Rua = Una chica pelirroja, en gaélico)

Un libro: "Tierra embrujada", Erin M. Hart

Una canción: "Dreams", de Cranberries

Dos películas: "Las horas" y "El secreto de la isla de las focas"

El manzano



Infancia. Esconderse de su abuela en el manzano y tirarse del árbol para salir al encuentro de Adrián, que llega silbando por la vereda. Estudiar los ojos de su primo, que cambian con el tiempo. A veces atrapan el azul del cielo limpio, pero con la tormenta, se vuelven grises y oscuros, mientras la riñe por esperarle bajo la lluvia.

Adolescencia. Oír a su abuela llamándole niña delante de Adrián. Esconderse y medir su altura en un palo de vendimia. Teñirse los labios con el zumo morado de las uvas y recibir un cachete de su madre por mancharse la ropa. Quedarse dormida en los brazos de Adrián, que calma su llanto.

Juventud. Crecer, dejar el pueblo. Perderse en la ciudad y en caricias deshonestas. Sonreír a extraños de ojos azules y llorar a solas. Asomarse de noche a la terraza y trazar líneas entre las estrellas para dibujar un manzano. Cerrar los ojos e imaginar los brazos de Adrián ofreciéndole consuelo.