El muro


Hemos creído, juntas, en el sosiego

[y también en el lamento.

Ahora recuestas la cabeza sobre mis manos

y apuestas cualquier cosa a que todo podría ir peor.


Sara ha muerto en Viena. Quiero creer que no estaba sola, que al menos le acompañaba el profesor de música del que me hablaba en su último correo electrónico, hace ya dos meses. Me cuesta unos minutos asimilar que no volveré a escuchar su risa alocada, la que en otro tiempo excitaba mi malhumor y preludiaba los gritos.

Aún tengo en la mano el auricular del teléfono -ha sido la policía quien me ha comunicado la noticia- y me dispongo a hablar con Emma. Subo despacio las escaleras hasta el dormitorio y desde el umbral de la puerta contemplo su figura recostada.

—¿Quién llamaba? -se oye su voz adormecida. Por un momento reconozco la voz de Sara, un rasgo que ambas hermanas compartían. Era difícil diferenciarlas por teléfono, aunque luego, de carácter, resultaran ser totalmente opuestas.

Me acerco a la cama y me siento a su lado. Emma se incorpora, leo la inquietud en sus ojos.

—Sara ha...—empiezo a decir, pero me callo. Emma adivina el resto al ver el brillo de las lágrimas.

En una hora ha tomado el control de la situación. Prepara una maleta con lo indispensable, y arrancamos el coche sin despedirnos de nadie. Apenas charlamos durante el viaje. Emma conduce las primeras horas hasta que entramos en Francia y hacemos un alto al llegar la hora de la comida. En la cafetería yo devoro un sándwich tras otro y pido una segunda coca-cola. Ella sólo le ha dado un mordisco al suyo, y permanece con la vista baja.

—¿Te arrepientes? -dice Emma de repente. Olvido la comida un instante para enfrentar sus ojos. Nunca creí que le oiría preguntarme eso.

Por supuesto, lo he pensado muchas veces. Durante las interminables peleas con Sara, su hermana Emma siempre aparecía como por ensalmo, inundando mis sentidos con su aura pacífica, con la promesa silenciosa de una vida estable y tranquila, sin sobresaltos. Precisamente lo contrario a lo que en ese momento era mi matrimonio con Sara. Terminé por ceder al constante reclamo de Emma.

Sara me hizo una última gran escena al enterarse y se fue a Viena con la excusa de un lectorado. Cortó toda comunicación con su hermana, pero a mí me escribía con cierta frecuencia. Le gustaba zaherirme y yo releía sus correos electrónicos dos, tres, diez veces. Me has destrozado la vida, escribía Sara. Mi hermana jamás me hubiera traicionado. Éramos uña y carne. Has debido seducirla con todas tus artes.

En la cafetería, Emma continúa aguardando mi contestación. Podría responder con otra pregunta: "¿Por qué la envidiabas tanto?", pero decido callar. Cada hermana construyó su propio muro para ignorar la realidad y yo no soy nadie, nunca he sido nadie, para hacérselo entender a ambas.

El Silencioso


Medina remataba siempre el trabajo contando una historia, distinta cada vez, pero con un personaje común: el Silencioso. Así llamaba a la presencia invisible que, tarde o temprano, se les acababa revelando a los infortunados protagonistas de sus narraciones.

Tenía un don, Medina. Su voz ronca hipnotizaba como el desfile de una pantera, y era igual de peligrosa. Los novatos del grupo le dirigían tímidas miradas, incapaces de sustraerse a su hechizo a pesar del frío, mientras él iba dando caladas a su tabaco negro.

La historia duraba lo que su cigarrillo en consumirse, cuyas cenizas iba sacudiendo metódicamente con un giro de muñeca. Y era entonces, mientras asistíamos a la aparición del Silencioso, previendo que en sólo dos caladas llegaría el desenlace, cuando el rehén comenzaba a gritar, preso de la histeria, jurando que nos diría todo.

Allí, en medio de la campiña, con el frío anidando en el tuétano y una docena de hombres rodeando al desdichado, Medina remataba su trabajo con una frase y un disparo que cerraban también su historia.

-Demasiado tarde.

Cuentos de hadas mestizos


GATOAZUL CON BOTAS

Érase una vez un gato de pelaje tan azul que los ratones se quedaban paralizados de terror al verle, permitiéndole devorarlos sin esfuerzo. Sus dueños estaban felices con su labor de cacería, y decidieron regalarle unas botas al minino. Ese mismo día le encontraron muerto junto al muro de enredaderas: había resbalado mientras subía al tejado.


LA SIRENITA Y LA BALLENA

El rey Neptuno amaba a todas sus hijas sirenas, pero la menor tenía un lugar de predilección en sus afectos. Envidiosas, sus hermanas la secuestraron y arrojaron al interior de una gran ballena.

Hija mía, ¿dónde estás? oyó gritar a su padre que la buscaba.

Abrió la boca para decir: “En el vientre de la ballena”, pero en su lugar acabó preguntando al cetáceo:

¿Conoces los arrecifes de Australia?


LA CRIADA DURMIENTE

Durmió cien años y, al despertar, oyó que alguien preguntaba:

—¿Dónde se ha metido esa haragana de Cenicienta?


NO SÓLO BLANCO Y NEGRO

Blancanieves pasó toda su infancia encerrada con una rueca de ébano que tejía un algodón tan blanco como la luz. Cuando creció y le permitieron alejarse de palacio, se perdió en el bosque. La encontraron siete hombrecillos que la invitaron a su casa para terminar encadenándola a un gigantesco telar. Al menos ellos tienen hilos de colores, pensó.

Cuento de hadas galáctico

Tacirupeca Jaro fue enviada en misión secreta a Saturno. Viajó en una cápsula para evitar los radares de su enemigo Bolo Rozfe, y sorteó con habilidad el cinturón de meteoritos que orbitaban alrededor del planeta. Una vez allí, quiso contactar con la agente secreto Talibuea, pero llegó tarde. Su enemigo galáctico la había liquidado y tomado su apariencia. Tacirupeca le descubrió gracias a la sonrisa que le dirigió el usurpador, desde su disfraz perfecto. Esos relucientes colmillos no podían ser de Talibuea, que usaba dentadura postiza desde hacía años. Bolo Rozfe murió desintegrado por un certero disparo láser, y Tacirupeca se disparó después. ¿Qué sentido tiene una presa sin cazador?

La infancia de las mariposas


El cuadro era un collage moderno, una lámina donde habían dibujado una rama de árbol en la que se posaban dos mariposas de papel azul. Era el favorito de Cecilia y por ese motivo presidía el salón de su apartamento de recién casada.

Julio solía llegar tarde a comer. Cecilia le esperaba recostada en el sofá, atenta al sonido de las llaves. Pero últimamente se quedaba dormida. Al abrir los ojos, Julio ya se había ido. Cuando se reencontraban por la noche, ella se disculpaba y le pedía que la despertase pero, una y otra vez, Cecilia se adormecía y despertaba sola.

En sus duermevelas, Cecilia soñaba con las mariposas azules del cuadro. Le acariciaban el rostro y le hacían cosquillas en los brazos. Ella sonreía e intentaba alzar la mano para atraparlas, pero las muy pícaras salían huyendo. Dejó de soñar con mariposas cuando su marido comenzó a faltar a los almuerzos; Julio se excusó diciendo que ganaba tiempo almorzando en el trabajo.

Ahora Cecilia gasta los mediodías sentada en el sofá y contemplando el cuadro. Hace tiempo que no se adormila. Por las tardes Julio llega tarde a casa, demasiado cansado para darle un beso, y se queda dormido nada más acostarse; ni siquiera reacciona a las caricias de Cecilia en su rostro.

Y ella se pregunta si será Julio el que sueña ahora con mariposas azules.

La niña de las Salinas


Marie vivía en las Salinas, cerca de la fábrica de ladrillo. La ropa le olía a una mezcla de tabaco y lavanda, y llevaba el pelo recogido con un lazo. En clase la apuesta entre los chicos era quién se llevaría el lazo de Marie.

Ella nunca protestaba. Cuando se lo quitábamos, bajaba la cabeza hacia la mesa del pupitre y apretaba los labios. Deseábamos seguir a la rubia francesita hasta las Salinas, pero su padre siempre la esperaba a la salida del colegio, grande como un molino, y con una pipa colgándole de la boca.

Cuando empezamos el bachillerato, ella dejó de venir a clase. Había comenzado a trabajar en la fábrica. Nos acostumbramos entonces a ir por las tardes hasta las Salinas, con la esperanza de verla salir. Queríamos saber si todavía seguiría llevando lazos, y quién de nosotros se atrevería a quitárselo.

Una tarde coincidimos por fin con ella. Estaba muy cambiada. Su silueta femenina nos perturbó, casi tanto como la visión de su cabello suelto sobre la espalda, sin cinta que lo anudase. Compartiendo un mismo impulso, empezamos a caminar hacia ella, pero apenas avanzamos unos metros. Un chico alto, casi tan alto como el padre de Marie, apareció para acompañarla.

Les vimos alejarse mientras aferrábamos, en el escondite de nuestros bolsillos, el antiguo tesoro de las cintas de Marie.

Ojos verdes


Richard Armitage no tiene los ojos verdes. Es verdad que yo creía que eran del mismo color que los campos de Leicester, su tierra natal. Pero ahora que he repasado todas las series de televisión donde aparece (“Norte y Sur” y “Robin Hood” por tercera vez, he de reconocerlo), me encuentro con que no son verdes, en absoluto.

El problema es que Icíar sigue afirmando lo contrario. A pesar de que la invito a entrar conmigo en Internet y buscar fotos del actor, ella persiste: “Están todas retocadas. Lo que está de moda son los ojos azules, así que las manipulan por ordenador. No te creerás que las modelos de las revistas son así realmente, ¿no, Sandra?”.

Icíar y yo nos conocimos en la sala de espera de un abogado matrimonialista. En la media hora de retraso con que llegaron nuestros maridos –curiosamente, ambos aparecieron al mismo tiempo-, comenzamos a hablar de nuestros actores preferidos y nos hicimos amigas. Continué viéndola porque, aunque aquélla había sido mi última visita al abogado, Icíar seguía adelante con su separación.

“Le he puesto un plazo a Emilio, Sandra, hasta el 22 de agosto”, me explicó por teléfono mientras se oía la televisión de fondo a un volumen casi denunciable. “¿Nos tomamos un helado y te cuento todo?”. Estábamos en enero, pero ella era así de impulsiva y alocada.

Cuando llegó la fecha, no hizo falta que me llamase. Acudí a su casa, y me abrió la puerta con el delantal puesto. Mientras la seguía hasta la cocina, donde preparaba una especie de tarta, me fui preguntando si se habría olvidado del famoso plazo. Parecía ensimismada en la elaboración del pastel y me invitó a probarlo cuando lo terminase. Sólo entonces, cuando nos sentamos frente a una taza de café cargado, y trajo la tarta con una vela, le pregunté: “¿Qué celebramos, Icíar?”. Ella respondió: “¿Sabes que día es hoy, Sandra?” Asentí sin palabras. Icíar me hizo un guiño: “Hoy es el cumpleaños de Richard Armitage, el de los ojos verdes”.

A día de hoy todavía seguimos discutiendo si le retocan los ojos con el Photoshop, mientras Emilio nos escucha sonriente desde el sofá, fingiendo que lee el periódico.

La casa violeta


Fue Conrado Birdie el que edificó la casa violeta, aunque eso sucedió muchos años atrás, cuando Eudora tenía una treintena de familias y el doble de hectáreas de bosques a su alrededor. El señor Birdie trajo consigo a su esposa y unos rollos bajo el brazo con los planos de la casa.

Aunque en Eudora parece que solo tenemos tiempo para talar árboles y llenar el aserradero de Pullman, ayudamos al señor Birdie a construir su casa, y la pintamos de violeta como él pedía. Es cierto que nos movió en gran medida el interés por May Ellen, su esposa. El señor Birdie nos había contado que, siguiendo los consejos de un médico, habían venido por el aire puro de los bosques para aliviar la enfermedad de su mujer.

Pero ni los habitantes de Eudora, ni el señor Birdie, creíamos realmente que May Ellen pudiera modificar su forma de comportarse por la sola y benéfica influencia del clima. De hecho, en los cuarenta años que ella habitó en Eudora, ningún día dejó de vestirse en tonos lilas, morados, cárdenos y violetas, ni de correr con la agilidad de un potrillo hacia cualquier ser animado o inanimado con esos colores.

Cuando el verano llegaba a Eudora, y un viento bochornoso mecía las ramas imitando el vaivén de una hamaca, May Ellen Birdie desafiaba al sol caminando hasta el prado donde una explosión de su color favorito había teñido la pradera. Se sentaba allí y masticaba una flor tras otra, con deliberada lentitud, mientras los niños de Eudora la observaban desde lejos, saludándola. May Ellen les sonreía siempre, con su boca ancha y dulce como una rodaja de melón, y canturreaba una melodía asonante que espantaba las moscas del verano y encendía los corazones de los jóvenes de Eudora, porque May Ellen era delicada y bonita, y aquí no abundan las mujeres.

May Ellen tuvo un hijo, aunque nunca tuvimos claro si Conrado Birdie fue el verdadero padre; se comentaba que un admirador había abusado de la debilidad cromática de la muchacha para hacerla suya en el prado. Por eso no protestamos el día que amanecimos con el resplandor de un incendio que consumió por entero la pradera de violetas. El matrimonio Birdie se encerró en su casa y cuidó de su retoño, que fue enviado al sur para estudiar cuando creció. El chico regresó algunos veranos mientras fue joven, pero los Birdie permanecieron aquí, en Eudora. May Ellen murió el otoño pasado y su marido no tardó en seguirla, consumido de pena.

Se lo aseguro: no he conocido muchos locos, pero creo que Conrado Birdie se lleva la palma; esta casa violeta en Eudora es la prueba de hasta dónde llega la locura de un hombre por amor.

Planificando


Escaleras. La casa de Sabina tendrá escaleras. De caracol para que le provoquen vértigo con sus espirales. Con escalones muy estrechos o ridículamente anchos, que la impidan guardar el resuello o pisar con despreocupación.

Sabina creyó ser magnánima al encargarme el diseño de la casa que compartirá con su nueva pareja. No sabe que la venganza de un arquitecto puede ser muy sutil.

Puertas. Ahora toca pensar en las puertas.

La última sirena


Las aguas de los océanos fueron las últimas en desaparecer cuando terminaron las lluvias sobre la tierra. Conforme el nivel fue bajando se abrieron las tumbas de los barcos naufragados; los esqueletos de madera y las corazas oxidadas exhibieron su postrera desnudez.

Un grupo que vagaba por el lecho de los océanos, recogiendo agua de los charcos, rodeó con respeto aquellos cadáveres insepultos. Pero los niños quisieron hacer su campamento en el cementerio de barcos. Decían que el chirrido de los hierros era, en realidad, la voz de una sirena que había prometido conducirles hasta un secreto surtidor.

Una mañana despertaron y descubrieron que los niños no estaban. Los adultos buscaron entre tablones y mástiles de madera que desaparecían en nebulosas de polvo por el calor del sol, entre los hierros ensangrentados por el óxido que mostraban sus heridas rojizas a la luz del día. Pero no encontraron a los niños.

Finalmente dieron por infructuosa la búsqueda y, contemplando el suelo que se resecaba, se consolaron pensando que, dondequiera que estuviesen, su destino quizá fuese mejor.

El columpio


El columpio lo construyó el padre, usando dos gruesos cables que introdujo en tubos de manguera para que los niños no se raspasen las manos. Como asiento utilizó una tabla en la que atornilló los cables. Lo fabricó en una tarde y lo colgó en una gruesa rama del roble del huerto.

Los mellizos se columpiaban temerariamente, pero Susana, la más pequeña, sólo se atrevía a un tímido balanceo. Sus hermanos la incitaban. “Susana, si giras sobre ti misma hacia la derecha, se borrarán tus recuerdos”, decía uno. “Y si giras a la izquierda, se cumplirán todos tus deseos”, apoyaba el otro. Luego, a dúo, remachaban: “Y si te impulsas hacia adelante muy fuerte, tocarás el cielo y sabrás la respuesta a todas las preguntas”. Susana nunca les hizo caso; era mayor el miedo a caerse.

Han transcurrido quince años y Susana contempla el solitario columpio, que se balancea con la brisa de la tarde. Se sienta en él con cuidado de no manchar su vestido blanco. ¿Cómo era aquella cantinela? Hacia la derecha, olvidar el pasado. Hacia la izquierda, resolver el futuro. Hacia adelante… ¿qué sucedía hacia adelante? Con ayuda de los pies se impulsa a la derecha, pero no consigue completar el giro. Lo mismo sucede cuando repite la operación hacia la izquierda.

Ya están repicando las campanas de la iglesia cuando Susana recuerda la última parte: hacia adelante encontrará todas las respuestas. Retrocede primero aferrada a los cables, y después corre para lanzarse. Su vestido de novia revolotea en el aire como una paloma recién liberada. Mientras desciende oye el eco lejano de su nombre.

Sus hermanos le han mentido. Y a ella se le ha acabado el tiempo.

El amante cometa


Los aldeanos me llamaban la bruja hilandera por mi habilidad para tejer con cualquier material. Me admiraban, pero también me temían, por lo que preferí aislarme en un claro del bosque que los leñadores habían despoblado.

El camino hasta mi refugio lo encontró un joven hechicero, atraído por mi fama. Me contó que, un mes atrás, había desposado a la fuerza a una joven campesina. Decía que la amaba sinceramente pero la novia nunca le correspondió: se arrojó por la ventana en la noche de bodas.

Sin embargo, la chica no se libró del brujo. Éste había conjurado un hilo mágico que unía el alma de su esposa al dedo anular de él, así que la caída desde la torre sólo destrozó el cuerpo. El espectro de la joven, una versión demacrada de su dueña, ligera como el humo, permaneció atado a su marido. Y ahí entraba yo.

Necesito que prepares una colección de vestidos a mi esposa, pidió el hechicero. Livianos, que no la abrumen con su peso. Contemplé los bellos ojos azules del brujo y dije que lo haría, con la condición de trasladar mi telar a su castillo. Tejí durante toda una estación, usando hilo de telaraña, suspiros de doncella y rayos de luna.

Aprovechando un momento en que le probaba los vestidos a la joven, corté con mis tijeras de punta de diamante el hilo que la mantenía sujeta al hechicero y lo enrollé en mi dedo anular. El fantasma de la novia desapareció para reunirse con el cuerpo. Y al brujo, por su parte, le tuve atado durante semanas hasta que finalmente pereció de hambre y sólo quedó su espectro.

Me encanta salir a pasear en los días de viento y que la gente admire volar, sujeto a mi dedo, a mi hermoso amante cometa.

Los toros azules



El primero de los toros azules emergió chorreando espuma por los ollares, y sus poderosas patas le empujaron fuera del océano, en dirección al niño que le contemplaba atónito desde la orilla.

Cuando la embestida parecía inminente, aquella bestia se licuó de improviso a los pies del infante, salpicando de agua salada sus pequeños pies.

Hubo un segundo toro, un tercero, y así hasta completar una manada de veinte, que se deshicieron frente al niño, inmóvil como una estatua ante las apariciones.

Fue su madre quien finalmente le rescató del hechizo, con un par de palmadas en el trasero, por acercarse tanto a las olas de aquel mar que contemplaba por primera vez.

The Hong-Kong Book Fair



Loreto era un rostro rodeado de otros cientos de rostros humanos, pero algo la hacía destacarse de la masa anodina de la facultad. Pasé mucho tiempo analizando cuál era esa cualidad que me hacía imposible despegar la vista de su figura, que me obligaba a escanear todos los lugares que frecuentaba hasta localizarla entre la multitud.

No sé si Loreto fue consciente en algún momento de mi interés. Alzaba los ojos con timidez cuando la saludaba, y no llegaba más allá de los monosílabos en mis tentativas de conversar con ella. En otras palabras: nunca coqueteó conmigo y decidí que era mejor olvidarla una vez finalizada la universidad.

Sin embargo, una década después, volví a adivinar su rostro entre la muchedumbre. Ese gesto suyo, la forma de alzar la cabeza, me confirmó su identidad. Fue una visión fugaz en el mar de rostros que abarrotaban la feria más multitudinaria a la que jamás había asistido: la Hong-Kong Book Fair. Mi trabajo de agente editorial me había conducido hasta las puertas de Oriente pero no sólo lamentaba el viaje, sino que empezaba a experimentar síntomas de agorafobia.

Mi indisposición quedó rápidamente relegada a un segundo plano al ver a Loreto entre la miríada de personas del lugar. ¿Dónde podría volver a encontrarla? ¿A qué lugar acudiría una española en una feria asfixiante para encontrar un momento de tranquilidad? La respuesta me llegó como una revelación. Entre los servicios feriales destacaba una amplia oferta de restaurantes de comida rápida y bares. Al repasar la relación de nombres, me había llamado la atención uno en castellano: “Café Punta del Cielo”, una franquicia mexicana que prometía saborear café de verdad. Quizá pudiéramos coincidir allí.

Aquella tarde fue la más larga de mi vida. Mientras repasaba el catálogo de expositores de la feria, de dimensiones y letra parecidas a una guía de teléfonos, fui saboreando despacio un café tras otro, y alzando la vista a cada momento. Sentía una desazón creciente. Aquel catálogo me hablaba de miles de editoriales, cada una manejando cientos de autores, y si multiplicaba por un promedio de cinco obras por escritor, visualizaba una biblioteca infinita que ninguna generación sería capaz de leer. ¿Cómo distinguir, entre aquel maremágnum de productos, al autor que merecería la pena representar, al que quizá podría alcanzar notoriedad en su década y mantener saneadas las cuentas de una editorial?

Con un gesto agotado cerré el catálogo y me levanté para pedir un último café. Una mujer abonaba su consumición en la barra. Aunque estaba de espaldas, reconocí sin dificultad aquel movimiento de su cabeza. Loreto giró al oírme pronunciar su nombre y su rostro se expandió por el efecto de su sonrisa al reconocerme.

Por eso me convertí en agente editorial: aquella chica me había demostrado, en mis tiempos de facultad, que era capaz de identificar lo valioso entre la multitud. Y ahora estaba mejor preparado para aprovechar la oportunidad.

An Cailín Rua


La llamaron Blanca, no podía tener otro nombre esa niña pálida que la zíngara acababa de alumbrar. Las mujeres que se habían amontonado en la habitación temieron la cólera del padre por aquellos rasgos ajenos a su raza. Pero cuando mostraron el bebé a Samuel, éste sonrió fascinado al ver la piel lechosa y la pelusa rojiza que coronaba su cráneo. “An Cailín Rua”, dijo y la tomó amorosamente en sus brazos.

Fue entonces cuando un primo recordó que el padre de Samuel había estado en Irlanda siendo joven y que regresó con un hijo de cinco años y ninguna esposa. Rehizo su vida y nadie se atrevió a preguntar por el origen de la madre, aunque era fácil hacer suposiciones oyendo a Samuel hablar gaélico.

Blanca creció bajo la mirada de su padre, que se fue haciendo más atenta conforme avanzaban los años y su hija se transformaba en una beldad pelirroja que hechizaba a los muchachos zíngaros. La joven, por su parte, no parecía interesarse en ellos; su rasgo más destacado era la tendencia a ensimismarse contemplando cómo las olas se rompían contra el acantilado gallego y el rostro de su padre mientras le hablaba “en el idioma de la abuela”.

Pero un día sucedió lo temido: Jonás, más apasionado que otros, antepuso su amor al respeto al clan y huyó con Blanca. No supieron de ellos hasta pasados unos años, cuando Jonás regresó con un niño moreno y sin la bella pelirroja, que les había abandonado en Irlanda.

Samuel les acogió en su casa e intentó consolar a su yerno: “Jonás, ésa es la lección que yo hube de aceptar desde niño. Esas criaturas hechiceras no nos pertenecen y no hay amor humano, ni de hijo ni de amante, que les persuada de regresar con los suyos”.


(An Cailín Rua = Una chica pelirroja, en gaélico)

Un libro: "Tierra embrujada", Erin M. Hart

Una canción: "Dreams", de Cranberries

Dos películas: "Las horas" y "El secreto de la isla de las focas"

El manzano



Infancia. Esconderse de su abuela en el manzano y tirarse del árbol para salir al encuentro de Adrián, que llega silbando por la vereda. Estudiar los ojos de su primo, que cambian con el tiempo. A veces atrapan el azul del cielo limpio, pero con la tormenta, se vuelven grises y oscuros, mientras la riñe por esperarle bajo la lluvia.

Adolescencia. Oír a su abuela llamándole niña delante de Adrián. Esconderse y medir su altura en un palo de vendimia. Teñirse los labios con el zumo morado de las uvas y recibir un cachete de su madre por mancharse la ropa. Quedarse dormida en los brazos de Adrián, que calma su llanto.

Juventud. Crecer, dejar el pueblo. Perderse en la ciudad y en caricias deshonestas. Sonreír a extraños de ojos azules y llorar a solas. Asomarse de noche a la terraza y trazar líneas entre las estrellas para dibujar un manzano. Cerrar los ojos e imaginar los brazos de Adrián ofreciéndole consuelo.

La otra noticia


Aquella mañana él la miró a los ojos. Irene no debería haberse sorprendido tanto. Después de todo, Hugo Molina era su jefe y le veía atravesar todos los días la oficina, sus pisadas enérgicas clavándose en la moqueta antes de encerrarse tras la puerta de su despacho.

Pero lo cierto es que el señor Molina sólo se comunicaba con Belén, su secretaria, y nunca se había dirigido expresamente a Irene ni a las otras dos chicas que trabajaban en la oficina. Sólo que Belén no se encontraba en ese momento porque había salido a desayunar.

-¿Usted lee el periódico? –le preguntó él.

Irene abrió y cerró la boca como un pez, buscando ayuda en derredor con la mirada. Descubrió entonces que estaba sola en la oficina. Las otras debían haberse escaqueado mientras ella repasaba absorta la contabilidad.

-No, señor Molina –confesó mientras comprobaba con espanto que le ardía el rostro. Debía haberse ruborizado hasta la raíz del pelo.

-¿Ni siquiera ayer? –insistió él.

Se inclinó todavía más hacia Irene, y ella pudo comprobar que sus ojos eran verdes, moteados con pintas marrones. Había habido una apuesta en la oficina respecto al color de sus ojos. El atractivo hijo del jefe, que acababa de reemplazar a su padre en la gerencia del despacho, no había pasado desapercibido entre sus empleadas.

-Ni siquiera ayer –confesó Irene, intentando sostener la mirada de su jefe con valentía.

Él le acercó entonces el periódico que sostenía en la mano. Era el ejemplar del domingo.

-Pues lea, por favor.

Irene no estaba muy segura de lo que debía encontrar. Sus ojos, acostumbrados a revisar largas filas de números y asientos contables, escanearon la portada buscando las palabras “Hugo”, “Molina”, “despacho”, “asesoría”. Nada, ni rastro. Abrió entonces el periódico y fue pasando las hojas una por una, incluida la sección de deportes. Cuando iba a saltarse la sección de contactos, le llamó la atención un anuncio en negrita y letras grandes que decía: “Hombre atractivo de 30 años busca mujer que le haga soñar” y, un poco más abajo, añadía: “Ojos verdes, tímido, buena posición económica”. Con rapidez pasó la página, avergonzada de que el señor Molina se hubiese dado cuenta de su interés. Finalmente se lo devolvió con un suspiro:

-No he encontrado ninguna noticia referente a usted o a la empresa, señor Molina.

Le sorprendió que él no estuviese enfadado; es más, parecía que los ojos le brillaban divertidos.

-Discúlpeme, Irene. No buscaba una noticia. Quería comprobar si algo le llamaba la atención.

Entonces ella comprendió y su voz se volvió un susurro mientras se incorporaba con lentitud de su asiento y se inclinaba hacia el rostro de Hugo Molina, que se apartó sorprendido.

-Verdes con motas marrones –dijo Irene sonriendo con picardía-. Sus ojos son verdes con motas marrones.

Y añadió mientras le acercaba hacia ella tirando de su corbata:

-Para que una relación empiece bien, es fundamental ser sinceros.