Mi padre


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MI PADRE

Nunca conocí a mi padre. Era una mención susurrada, un murmullo entre vecinos, miradas fugaces preñadas de lástima. Estoy acostumbrada a que los demás me observen, y a enfrentar sus ojos con valentía, porque sé la verdad. 

Seguimos en todos los lugares de los que nos hemos ido. Y mi padre está aquí, en el salón de la casa, tan presente como la televisión con su tapete de encaje. Ahí, en el busto del ciervo que sobresale de la pared empapelada con flores descoloridas. En las pupilas oscuras, abiertas para siempre gracias al trabajo del taxidermista.

Como un insecto en el ámbar, los ojos del animal habían atrapado la imagen borrosa de un hombre, la última visión antes de que él le abatiese. Mi padre falleció horas después, a causa de las heridas provocadas por la cornamenta.

Nunca conocí a mi padre, no recuerdo haberle llamado papá ni que me cogiese en brazos. Pero él está aquí, conozco su silueta de predador y sé que mereció su final. No tendría sentido, si no, que mi madre limpie cada día, con infinito cuidado, el busto del ciervo. 


El retratista



El bocetista no tiene trabajo. Un día, no sabe cómo, ha empezado a experimentar terror a las críticas de sus clientes. «Me has puesto una nariz que no tengo», «mira qué frente, ni que me estuviera quedando calvo». La gente no acepta su realidad y rechaza al bocetista, que ve esfumarse su única fuente de ingresos.

Un amigo le sugiere que trabaje para la policía. «Dedícate a los retratos-robot», le dice, «dibuja lo que otras personas te describan». El bocetista le hace caso y todo parece ir bien. Conecta con los pensamientos de la gente, intuye los rasgos que ellos no saben describir. Se hace conocido y estimado.


Hasta el día en que llega ella, la hija del comandante de la policía. Pelirroja, de su edad. Ojos azules agrandados por el miedo. Ha soñado muchas veces con un hombre que la acosa. Intuye que desea matarla, pero no tiene pruebas. Solo es una figura que se le aparece en la vigilia.


El retratista acoge el nuevo encargo con cierto pánico. Va perfilando con su lápiz los rasgos que ella le describe, y se vislumbra un hombre sin rostro que parece querer salir del papel. Cuando le observa así, una figura al otro lado de un cristal opaco, la huella de sus manos buscando forzar una salida sin conseguirlo, suelta el lápiz. Mira a la chica y le dice, convencido:


-Le he atrapado a tiempo. Ya no puede hacerte daño.

Un hombre de empresa



El ejecutivo contempló con una mueca la imagen de la antesala de su despacho que le ofrecía el monitor de vídeo instalado en su mesa. En el canapé destinado a las visitas había tres hombres sentados que no parecían especialmente contentos. Dos de ellos semejaban excampeones de halterofilia y el tercero, un tipo bajito y musculoso, habría podido dar que hablar en los cien metros lisos.
Se retrepó en el sillón de su despacho y volvió a mirar la hora. Su secretaria había dicho a los visitantes que él estaba reunido, pero ellos habían insistido en aguardarle. Así que llevaban esperando media mañana y parte de la tarde, sentados incómodamente en el canapé.
Cuando el ejecutivo sintió el rugir de su estómago se lo apretó con fuerza, temeroso de que se oyese en el exterior. Afortunadamente, el despacho estaba insonorizado y el sillón era cómodo. Lo que lamentaba era no tener un aseo personal. Menos mal que existían las plantas decorativas.
En total llevaba cuatro horas de encierro; dentro de una más la secretaria tendría que irse, dejándole a merced de aquellos gorilas enviados por un acreedor. “Sé un hombre”, se dijo, “plántales cara y diles que no hay dinero en estos momentos”.
Dudó al recordar las palabras, mil veces memorizadas, del prestamista que le había concedido el crédito millonario para reflotar la empresa. “Si no me devuelves el dinero en plazo, olvídate de tus hijos”. “Pero si no tengo”, le había dicho. “Por eso mismo”, fue su respuesta.
Abrió la ventana para ventilar el despacho viciado por el encierro. El ensordecedor ruido del tráfico pareció darle la bienvenida, recordándole que había otros desgraciados afanados en sus negocios y confiados en que llegaría un día más para ellos.
—Se acabó —dijo en voz alta.
Nunca había padecido vértigo y cuando se encontró completamente de pie en la cornisa exterior, sujetado por una sola mano a la ventana, sintió una extraña fascinación. “No creo ni que me duela. Antes se debe morir uno de una parada cardíaca”.
Su vacilación duró sólo unos minutos. Volvió a entrar en el despacho por la ventana y se dirigió con paso decidido a la puerta, que abrió con energía. Para su sorpresa, se vio solo. La secretaria se había ido y el canapé estaba vacío.
—¿Significa esto que he pasado la prueba? —dijo estúpidamente, mirando en derredor, intentando localizar el micrófono oculto.
—Le llamaremos en los próximos días para comunicarle nuestra decisión —respondió una voz femenina impersonal desde algún lugar del techo.
Al otro lado del micrófono, la dueña de la voz detuvo la grabación de la cinta, extrajo el CD del ordenador y escribió la leyenda “Candidato nº 6” y la fecha. Suspiró audiblemente: había sido agotador monitorizar a aquel tipo. Por fortuna se habían terminado las entrevistas previstas esa semana.
Oyó que alguien entraba en la sala de grabaciones. Era el Director General de la empresa, quien personalmente había contratado los servicios de su gabinete para seleccionar un directivo.
—Acabo de regresar de mi viaje, pero estaba impaciente por comprobar este “novedoso” sistema de selección. ¿Cómo han ido las pruebas?
La chica alargó su mano de finos dedos hacia un dossier que reposaba a su derecha. Recitó con voz parsimoniosa:
—Tal y como se acordó, a los candidatos se les ha dado las oportunas instrucciones para asumir el papel de un ejecutivo al que reclaman una deuda por la fuerza bruta. Se les ha provisto de informes financieros, ordenador con conexión a Internet, teléfono y secretaria. Se les ha advertido de las consecuencias negativas de avisar a la policía, al ejército o a la prensa. Se les ha avisado de que enfrentarse directamente a los matones implicaría una paliza física real (aunque se respetarían los órganos vitales) y que tirarse por la ventana también era una opción contemplada, por lo que se había instalado una red protectora para recogerles de la caída. Se les ha pedido sinceridad de carácter y que actúen según lo que realmente harían si la situación fuese absolutamente real.
—¿Y cuál ha sido el resultado?
—De los seis candidatos, tres optaron por la paliza, dos se tiraron por la ventana y el de hoy se ha encerrado durante todo el día hasta que nos hemos cansado de esperar —le informó la mujer, con tono de desencanto.
El Director General movió la cabeza con pesadumbre.
—Siga intentándolo —la animó—. Algún hombre de empresa quedará que todavía entienda el término “negociación”.

Burbuja (ejercicio escritura exprés revisado)

Reto: lista de la compra (incluir en el microrrelato un color, una fecha, un nombre de mujer/hombre, dos palabras antónimas entre sí, una pregunta y un objeto del Metáforas, el lugar donde hacíamos la sesión de escritura exprés).

Gracias a Lara, Juanjo, Pawa y María José por sus opiniones para la reescritura :)



BURBUJA

Se oyó la llave en la cerradura, dando varias vueltas al cerrojo. Por fin, el hombre entró en la casa, cargando varias bolsas blancas con el logo del supermercado. Las llevó a la cocina y saludó a su mujer.
Descolgó el heraldo del salón y comprobó que seguía sin línea. Colocó el auricular de nuevo en su sitio, con cuidado. Luego se acercó a la televisión y la encendió. Era una Philips de 1956, color crema y granate. Tuvo que poner el volumen un poco alto porque no escuchaba bien. De repente, la apagó.
Su mujer entró en el salón, secándose las manos en el delantal.
-Samuel, ¿qué han dicho en la televisión?
-Nada, vuelve a la cocina.
Ella salió.
El hombre se dirigió a la televisión y arrancó la antena. Después regresó al sillón y terminó de desmontar la última pieza de la radio.
Cuando vio el periódico sobre la mesa del salón comprendió que no podría protegerla para siempre.



También tu nombre (relato semana del sábado 25 de junio al viernes 1 de julio)

Reto: poema de 14 versos máximo.

TAMBIÉN TU NOMBRE 





Lo más triste de todo,
es encontrarte repetida en cada muro,
una frase hecha, un trazo que la acompaña,
y el aire que camufla el eco vergonzoso.
El fuego es blanco cuando muere, la tarde es blanca.

La calle sonríe al niño que salta sobre los adoquines.
Un coche se detiene cerca,
pero nadie presta atención, es la hora blanca.
Las voces son ecos y, en un patio,
una película deja oír la melodía de fin,
sin anuncios que interrumpan la llegada de la apoteosis.

Una ventana se abre, se cuelan dos mariposas moribundas:
buscan el silencio y el polvo de una cómoda escondida,
en el exterior todo es blanco, también tu nombre.

El buscador de archisílabos (relato semana del sábado 6 de agosto al viernes 12 de agosto)

Reto: Una historia sobre un buscador de...

EL BUSCADOR DE ARCHISÍLABOS




Le conocían por Fran. Deambulaba por los pasillos de la facultad de Filosofía y Letras muy atento a sus cordones, como si se le fueran a desatar de un momento a otro. No obstante, siempre levantaba la cabeza en el momento adecuado para saludar a la gente. «Eh, cómo va eso, Migue», «Hasta luego, Lorena». No se le veía en la cafetería charlando con nadie pero todos lanzaban preguntas hacia la esquina donde se tomaba tranquilamente su cortado. «Qué opinas de eso, ¿eh, Fran?». Y él contestaba con frases breves, y bajaba de nuevo los ojos hacia su café o hacia el periódico, incapaz de superar su natural tímido. Le aceptaban porque era buena gente, pero le consideraban un poco «rarito».

En el ciberespacio las tornas eran otras. Se había hecho con una CPU que iba a gran velocidad y había contratado una conexión a Internet excelente. Repantingado en su sillón ergonómico, Fran se convertía en Archie, el buscador de archisílabos. Hostigaba sin piedad los foros de periodistas, lanzaba diatribas en pro de la excelencia del lenguaje, se lanzaba a la caza y captura de ejemplos que luego enviaba a los rotativos con burla y escarnio. Escribía largas cartas de opinión, manifiestos, y hasta un manual de correcto uso del español que colgó con licencia Creative Commons en su blog.

Un día sintió que por fin habían oído su voz: le ofrecieron ir a la radio a denunciar el abuso del lenguaje junto con un catedrático de la Complutense y el presidente de la Fundéu. Querían montar una mesa de debate y les interesaba una voz que representase a la juventud preocupada por la cultura. Les había gustado su blog y por eso le escribían.

Fran les propuso que le llamasen por teléfono pero ellos insistieron en que se presentase en persona. Archie quería ir, lo deseaba intensamente. Pero Fran se miró los cordones de los zapatos y acabó lanzando un hondo suspiro. Al fin y al cabo: ¿quién sabe lo que es un archisílabo?

Luchas (relato semana del sábado 21 de mayo al viernes 27 de mayo)

Reto: una historia que termine con esta frase: «y eran solo tres».


LUCHAS


Eran cuatro y observaban el cielo como si fuera a derramarse sobre sus cabezas de un momento a otro. La tormenta se anunciaba con disparos de cañón que hacían eco en el desfiladero. A duras penas conseguían calmar a sus monturas con un gesto tosco en el cuello de las bestias.
—¡No está lejos la cueva! ¡Ánimo!
El cabecilla era el único con voz capaz de hacerse oír por encima del infierno que se cernía. Sin embargo, aunque cabalgaban en fila india a paso lento con el despeñadero, más de un caballo hizo amago de tropezar, y eso les obligaba a frenar una y otra vez la marcha.
El aguacero les sorprendió a mitad de su destino, y el barro añadió otro elemento peligroso. Blasfemaron hasta quedarse sin fuerzas y entonces alguno se persignó, musitando el nombre de la mujer o de la novia. Solo el cabecilla permanecía en silencio, oteando cada risco en busca de la entrada del refugio. Llegaron al fin y se tumbaron en el suelo de la cueva.
Estaban empapados, hambrientos y doloridos. Llevaban tres días huyendo del ejército. Mesnier les había hablado de un paso seguro a través de las montañas, y lo habían seguido, aprovechando la tormenta. Nadie se abocaría a perseguirles con aquel temporal.
Mesnier, o el gabacho, como le apodaban sus compañeros, contempló a aquellos jóvenes. El mayor no alcanzaría los veinticinco años. Él casi había cumplido cuarenta. Era la segunda guerra que vivía y aún no sabía que llegaría a participar en otra más, aunque por motivos pacifistas.
Años más tarde, cuando ya había conducido por los Pirineos a muchos grupos de personas para que prosiguiesen la lucha de otro modo (ya no de modo incruento, sino con las palabras), recordaría vívidamente el paso de aquella primera vez: «todo aquel esfuerzo y eran solo tres».

Sobrevolando (relato semana del sábado 20 de agosto al viernes 26 de agosto)

Reto: una historia que contenga estas tres palabras: CHICO-ABROCHAR-LADRIDO.

SOBREVOLANDO





—Abrochése el cinturón, caballero. —Él abrió los ojos y vio a la azafata tocándole en el hombro. Se había quedado profundamente dormido en el lapso de unos minutos. Su compañero de la izquierda le ayudó a hacer lo que le indicaban y volvió a recostarse.

—Debe estar muy cansado —comentó la señora que viajaba sentada a su derecha, junto a la ventanilla—. Llevan un rato insistiéndole.

Él volvió a abrir los ojos y la observó. Sabía que, últimamente, sus miradas solían poner nerviosa a la gente y en esta ocasión no quedó decepcionado. La metomentodo volvió la cabeza hacia la ventanilla y cesó su parloteo.

Lo malo era que se le había esfumado el sueño y, aunque parpadeó varias veces, no logró volver a convocarlo. Hacía meses que no descansaba una noche seguida, desde lo del chico. Pese a que le explicaran lo normal del fenómeno, la cuestión era que ya no había vuelto a lograrlo. Si no dormía, no hacía borrado de memoria. Y si no olvidaba, no superaría jamás la muerte de su hijo.

Fue en el mes de agosto, en el apogeo del verano. Nico tenía tres años recién cumplidos. Habían preparado una fiesta con el resto de niños de la urbanización: globos, un payaso, piscina hinchable… De repente, el perro de ellos les volvió locos con sus ladridos y, sin previo aviso, atacó al pequeño. Le mordió la cabeza y costó la fuerza de dos adultos abrirle la mandíbula para sacar al pobre niño. Falleció dos días después a causa de las heridas. Dijeron que el perro se había puesto celoso a causa de la atención que ese día en especial había generado otro miembro de la familia.

Él no lo dudó en aquellos momentos. Fue a por la pistola que guardaba en el altillo del armario y, delante de todos los invitados, sacrificó a su mascota. Alguien —nunca supo quién— le denunció.

A su izquierda, contempla al policía que le custodia en su traslado a la cárcel, y que echa una cabezadita, confiado en las esposas que él lleva. Quizá, si consiguiera recordar la risa de su hijo, todo sería diferente; daría igual dormir en su casa vacía o en la prisión. Porque ya lo dijo el poeta:

Tu risa me hace libre
me pone alas.
Soledades me quita
cárcel me arranca.


Los hivernios (relato semana del sábado 30 de abril al viernes 6 de mayo)

Reto: relato género infantil en dos folios inspirado en una obra de Hans Cristian Andersen



Los hivernios
(Inspirado en el título «La reina de las nieves»)

Hace muchos siglos, cuando Laponia era un reino, hubo un monarca que se desposó con una princesa del sur. La nueva soberana se mostraba muy feliz porque adoraba el invierno, y allí era más largo que en su tierra natal. Por eso formuló su deseo infantil de que aquella estación no finalizase nunca. El Espíritu del Invierno, feliz con los halagos de aquella soberana, decidió ofrecer a la real pareja un peculiar regalo de bodas, y les envió a tres de sus más fieles colaboradores, los hivernios.

Los tres magos poseían poderes y nombres que se correspondían con su misión. Se llamaban Lluvia de Nieve, Soplo de Frío y Esquirla de Hielo, y manejaban esos tres elementos a voluntad. Los hivernios no tardaron en conseguir que el invierno se instalase en Laponia de modo perpetuo.

Al principio los súbditos lapones no lamentaron aquel cambio. Las fiestas y celebraciones navideñas se prolongaron hasta marzo, y hubo nevadas, ventiscas y heladas suficientes como para patinar en los lagos en pleno agosto. Pero al comenzar el segundo año, la situación se hizo intolerable. No se podían plantar cosechas, los árboles no daban fruto, y había que talar tantos troncos para mantener encendidas las chimeneas que los bosques comenzaron a peligrar.

Los reyes lapones, protegidos en su palacio, no se daban cuenta de aquellos inconvenientes y seguían alentando la magia de los hivernios. En el exterior crecía el descontento y pronto se murmuró contra los soberanos.

Fue una joven llamada Naska la que propuso una solución: había que secuestrar a aquellas criaturas, y para entrar en palacio fingirían ser la delegación de un reino inventado. Solicitarían a los monarcas lapones la ayuda de los hivernios para construir allí un Palacio de Hielo. Una vez que tuvieran en su poder a aquellos magos les conducirían hasta la isla y les abandonarían allí.

Con paciencia, fueron haciendo los preparativos durante semanas para la farsa. La fingida delegación llegó por fin una mañana hasta las puertas del palacio de los reyes de Laponia. Naska fue presentada como la princesa de la Isla de Aine, y los monarcas la recibieron en audiencia, avergonzados de no conocer aquel lugar del que procedía tan lujosa delegación. La princesa hizo su petición a la pareja real y los soberanos se mostraron encantados de poder estrechar lazos de aquel modo, cediéndoles durante un tiempo a aquellos magos.

Todo iba saliendo según lo planeado, pero cuando ya se encontraban con los hivernios  a media jornada de su destino, estos comenzaron a recelar una trampa. Temerosos de su magia, Naska y sus compañeros les confesaron la verdad. La reacción de los hivernios, después del enojo inicial, fue más amigable de lo que esperaban. Ellos estaban hartos de provocar ventiscas y nevadas para los reyes de Laponia, y les pareció una buena oportunidad comenzar una nueva vida en aquella isla, donde podrían usar sus poderes de forma artística.

Así que los hivernios se establecieron en la isla de Aine y cubrieron pronto de nieve y hielo aquel lugar. Pero también llevaron a cabo muchas otras maravillas que aún hoy se visitan, como el Palacio de Hielo. Naska y otros más se exiliaron allí, eludiendo el enfado de los reyes lapones. Esquirla de Hielo se casó con Naska y fueron los primeros reyes de la Tierra del Hielo, que es como se ha conocido desde entonces a la isla de Aine: Iceland, o Islandia en nuestra adaptación lingüística.

Y Laponia volvió a tener sus largos inviernos, aunque nunca más eternos.